"Viejo guerrero de otrora, la Renoleta lucía su historia humilde pero gloriosa de vida frente a la casita de barrio…".

Destartalado, las gomas peladas como manos de labrador, una puerta semi abierta, una ventana sin vidrio y el tapizado remendado. Viejo guerrero de otrora, la Renoleta lucía su historia humilde pero gloriosa de vida frente a la casita de barrio. Grande fue mi sorpresa cuando me entero que aún servía y un señor de unos 75 años se sube a ella, le da arranque y el noble compañero de ruta carraspea y como a los tumbos toma el destino de la callejuela de ripio.

Muchos experimentamos la aventura de montar confiados sus ancas de animal silvestre, vehículo de los más modestos, pero personaje entrañable de la fauna mecánica. Uno piensa que el señor que hoy la tiene ha compartido sus años mozos, la esbeltez de su juventud; ha disfrutado de su otrora tapizado fragante y el escaso instrumental de su panel. Que hoy le costaría algunos tropezones del pecho manotear en otros autos aquellos ventiletes a los que se acostumbró, que dirigía para que el aire primaveral le palpara el rostro después de soltar su gatillo de seguridad; verificar que sus paragolpes cromados no tuvieran más abollones que los que les causó alguna imprudencia suya, cuando por mirar a la piba de minifalda embistió el automóvil detenido adelante por el semáforo.

Generalmente cuesta desprenderse de estas cosas. De ahí que uno entienda a los coleccionistas de autos antiguos, que en realidad coleccionan historias, recopilan el pasado, que lustran y miman como quien acaricia a un hijo, a un nieto o a una mascota amada; sentimientos portados en viajes al recuerdo, atesoramiento o rejunte de pedacitos del usado corazón.

En noches de aquel San Juan de madrugadas con calles deshabitadas y tachos de basura pateados, recorríamos varias peñas en una de estas relucientes "ruralcitas" que montábamos ocho muchachos que parecíamos salir de ella como náufragos de balsas accidentadas y que para entrar había que tener aprobada una previa técnica de abordaje; y donde también cabía la entrañable guitarra de uno de los amigos, a la que de tanto quererla la rubricábamos con la herida absurda de una birome. ¿Te acordás, hermano, qué tiempos aquellos?, como proclama el tango acudiendo siempre con el auxilio conmovedor de sus mensajes. 

Por esas cosas de los sentimientos, la vieja Renoleta que aquella tardecita se perdió en el crepúsculo de una primavera, era del mismo color de nuestra barcaza de la adolescencia. Una noche de música se quedó amarrada en la puerta de una peña, porque se le terminó el combustible y la distancia a la estación de servicio más cercana no permitía arrimarla pechando. Nunca supimos por qué nuestro amigo propietario de ella la vendió al día siguiente, dejándonos, sin querer, privados de su aventura. Mañana voy a preguntarle si recuerda quién era el comprador y dónde vivía. Uno nunca sabe.

 

Por Dr. Raúl De La Torre
Abogado, escritor, compositor, intérprete.