A principio de 1812, San Martín llega a Buenos Aires, junto con Carlos María de Alvear, tenía 35 años y mucha experiencia en la carrera militar, que inició en España siendo aún un niño. Se formó como hombre y militar en España y llegó a su patria con la única misión de liberarla del dominio español, inspirado siempre en principios de la "Logia Lautaro" cuyo fin era hacer desaparecer el dominio español en América. Por ese entonces, el gobierno estaba a cargo del Primer Triunvirato, que reconoció a San Martín, el grado de Teniente Coronel, el 16 de marzo de 1812, y se lo nombró Comandante del Escuadrón de granaderos a caballo, por organizarse. En su nuevo puesto, San Martín dicta rígidas normas de disciplina que quedan ejemplificadas en el Código de Honor de los Oficiales, la mayoría jóvenes de las principales familias de Buenos Aires. Ocho meses después de desembarcar en Buenos Aires, el 12 de noviembre de 1812 se casa con María Remedios Escalada, una bella adolescente culta y refinada perteneciente a una familia destacada de la sociedad. San Martín, como coronel del ejército, aseguraba que quería leones en su Regimiento, haciéndoles emboscadas y pruebas de miedo a sus hombres, para conocerlos mejor y retemplarlos. Pero sabía que sólo la aplicación de la ciencia de la caballería moderna podría darle una chance de victoria. Mientras, los realistas hostigaban las costas del Paraná y del Río de la Plata y había inquietud en la sociedad porteña de una invasión. Los miembros del Segundo Triunvirato, llamaron al Fuerte al Coronel San Martín y se le ordenó tomar su regimiento e impedir cualquier desembarco. El Coronel se acuarteló y mandó una nota al Capitán Bermúdez, que comandaba a 54 granaderos en San Fernando, éste debía marchar hasta Santa Fe para encontrarse en el camino. Los informes oficiales anunciaban que el desembarco español se produciría el primer día de febrero. El plan era galopar de noche para eludir el calor, a los espías realistas y aprovisionarse de caballos en las postas.

El 1 de febrero, la flota española ya estaba fondeada frente a San Lorenzo. Cuando el regimiento llega a destino corría un fuerte viento norte lo que impidió el desembarco. Este extraño viento de la historia le dio tiempo a San Martín para recuperarse, entrar al Convento y disponer el ataque. Desde la espadaña del campanario tomó su catalejo y descubrió con una rara paz interior que había comenzado el desembarco. San Martín verificó que eran 250 hombres y ordenó el despliegue de las dos compañías, de izquierda y derecha detrás de las tapias y que los granaderos montaran para atacar.

San Martín montó un bayo con cola cortada al converjón, desenvainó el sable y le dijo a Bermúdez que lo esperaba en medio de las tropas enemigas. Movieron las dos columnas de 60 granaderos y gritaron: "Escuadrón de frente, guía derecha, al trote, al galope". Los caballos iban sin freno y espoleados y se escuchó el grito: "A degüello". Zabala era un oficial español experimentado pero jamás había visto en esas tierras del Sur del mundo un regimiento profesional. La fusilería y los dos cañones derribaron a cinco granaderos de la primera línea; luego la metralla dio de lleno en el bayo del coronel que cayó de costado sobre su pierna derecha con dos golpes paralizantes en el hombro derecho y en el brazo izquierdo. Zabala reconoció el uniforme y las insignias del coronel y ordenó que lo mataran. El sable toledano le abrió una herida en la mejilla; iban a ultimarlo, pero un lancero de San Martín clavó al enemigo en el aire, era Juan Bautista Cabral pero este valiente correntino sufrió dos puntazos en el pecho y dio su vida fulminado por la metralla. Parado en medio de los jinetes José de San Martín ordenó: "Reúnan al Regimiento y vayan a morir". En la dura batalla, un granadero partió el estandarte de los realistas arrancando la bandera española. El vigor de los granaderos hizo que los godos que quedaban vivos se dispersaran en desorden. Zabala, con un lanzazo en su muslo derecho daba órdenes que se retiraran. Bermúdez recibió un disparo en la cabeza pero siguió cabalgando con sus hombres arrastrando al enemigo hasta el borde de la barranca y después un proyectil le dislocó una pierna. Varios infantes españoles huyeron hacia el borde del barranco, aterrorizados se lanzaban por el precipicio y morían contra las rocas. Los cañones de los buques no cesaban. A las 8 de la mañana se había montado un hospital de campaña en el comedor de los frailes. San Martín vio el cadáver de Cabral, tenía con un gesto ceñudo, como si aún estuviese contrariado. A Bermúdez le cortaron la pierna, días después los frailes lo encontraron sin vida, se había aflojado el torniquete del muñón para dejarse morir. Por algunos años al pasar lista se llamaba a Juan Bautista Cabral y el sargento más antiguo respondía "Murió en el campo de honor pero existe en nuestro corazones".

La batalla de San Lorenzo fue la génesis de una fuerza profesional que daría vuelta la historia de América del Sur.