Cualquier argentino disfruta al conocer que otro argentino en el exterior destaca en su profesión, pero más aún si también demuestra ser una buena persona. Y si el que sobresale es famoso, resulta casi como un legado hasta estético que sirve mucho, porque nos aleja del chanta que nos ha marcado en el siglo XX. En España e Italia conocen muy bien los deportistas argentinos que ellos contratan por su calidad. San Juan puede mostrar varios ejemplos en hockey sobre patines.
Recuerdo cuando periodistas deportivos españoles lo despidieron a Daniel Martinazzo con un brindis en el diario "Marca” de Madrid tras anunciar su decisión de regresar a su país. Hasta ese momento se lo reconocía como "el argentino más destacado del hockey español”. Y hasta había sido propuesto un año antes para el premio "Príncipe de Asturias” del Deporte, que ese año recayó nada menos que en Miguel Indurain, 5 veces ganador del Tour de Francia y ejemplo de ser humano extraordinario. En España, el vasco Telmo Zarra, del Atlético Bilbao, el mexicano Hugo Sánchez, del Real Madrid, Raúl González, del Real Madrid, y César Rodríguez, del Barcelona, acompañan a Alfredo Di Stéfano y Lionel Messi en la lista de oro de goleadores de la Liga Nacional. Pero los 2 argentinos, distantes en el tiempo el uno del otro, y similares en lo humano y profesional, brillan en un mismo cielo y despliegan estelas similares. Es que un argentino superó el récord de otro argentino: Messi (2004-2014) pasó recientemente por encima a Di Stéfano, la Saeta Rubia (1953-1966) y hubo que esperar casi 50 años para que esto sucediera. Pero la intención no es hablar de fútbol aquí sino de valores que la Argentina de nuestros días necesita imitar. Muchos de los gestos sencillos que tenía Di Stéfano en sus tiempos de jugador, técnico, dirigente y presidente honorario del Real Madrid (más allá de su célebre carácter "cascarrabias”), hoy se aprecian en Messi, con o sin prensa delante, y aparecen como mensajes personales que despiertan admiración en el mundo que los rodea. Ambas sobresalientes trayectorias dibujan la antesala de un paraíso fácil de imaginar sobre una cancha de fútbol. Di Stéfano, a quien le encanta hablar del "gusto criollo por el fútbol” para elogiar a un argentino, tuvo varias despedidas y homenajes esplendorosos. El último ocurrió el martes 23 de septiembre de 2003 en el madrileño estadio Santiago Bernabeu, cuando se enfrentaron Real Madrid y River Plate, los dos grandes clubes de su vida, en recuerdo de los 50 años del debut de Alfredo en el equipo merengue, supercampeón de Europa. Ahora, se acerca con celeridad el final de su existencia, como consecuencia de un infarto que sufrió el 24 de diciembre de 2005. Pero sigue su tenaz lucha por vivir, como debe ser, aunque sus hijas y yernos hubieran preferido que el pitido final para Alfredo suene junto a ellos y no cerca de una mujer 40 años menor que él. Sin embargo el escritor y filósofo español Fernando Savater, para quien durante toda su infancia la Saeta Rubia fue "el símbolo del fútbol y, con él, de la celebridad y la gloria”, dijo que Di Stéfano "tiene derecho al amor crepuscular”. Lionel por su parte, quiere seguir garantizando clases magistrales sobre el fértil césped donde destila un vals original cada partido (con las sorpresivas excepciones recientes), sumando a su multiplicada magia, sencillez y compañerismo para con el resto del equipo del Barcelona. Son argentinos que superaron rápidamente un supuesto complejo de inferioridad ante los europeos del que hablaba Jorge Luis Borges. Además, ninguno de los dos renunció nunca a su origen y supieron adaptar su español argentino al castellano auténtico sin acento incorporado, a pesar de que decidieron radicarse para siempre allí, en el caso de Di Stéfano, y probablemente sucederá lo mismo con Messi que ya tiene un hijo catalán. Y si de Cataluña hablamos, en el caso de Lio, su carácter y su bajo perfil fueron clave para sentirse y hacerse sentir un catalán más. En Barcelona el chanta (golfo en español) y la viveza criolla (marca registrada argentina) producen rechazo inmediato, más allá de que en todas partes se cuecen habas. Por ello, el oro con el que se ha premiado tantas veces a Di Stéfano y a Messi pasa a segundo plano detrás del oro que fluye de la luz interior de ambos seres humanos. Porque son hombres que hasta hablan por sus silencios, en tiempos de ironías y descreimientos. Diferente a Diego Armando Maradona, que no podemos olvidar aquí, y que conocen muy bien allí. A nadie le sonará noticia que Maradona jugador era genial, mil veces único, pero también polémico, caprichoso y vedette. Sí, se parece a ellos por su fútbol, y por eso, junto a Pelé son los cuatro mejores de la historia, a los que muchos especialistas agregan a Joan Cruiff. Pero Di Stéfano y Lionel, un lujo del fútbol y su entorno, son, hasta hoy, la Argentina imperfectamente brillante que todos deseamos para las nuevas generaciones.
(*) Periodista.
