La demolición que impunemente se lleva historias y sombras con vida, no había dejado casi nada. El baldío había sido cerrado. En el centro, una ajada puerta de dos hojas asegurada con una cadena. Me detuve un instante. Por una grieta se podía ver el tiempo aterrorizado en su interior, un montón de ruinas grises y aquel mismo solitario algarrobo que había desafiado a varias muertes. Cargué en el corazón un montón de historias extinguidas y me fui.
Son las diez de la mañana del sábado. Golpeo la misma puerta. El Enrique sale restregándose los ojos. ‘Vamos a la canchita’, le digo. ‘Llevate tu pelota que la mía se pinchó en el rosal’. Al rato sale con la de goma a rayas rojas y blancas.
Parado frente a la puerta que parecía no guardar nada, sentí que me abrazaba desde el interior una historia de rodillas lastimadas y Reyes Magos misteriosos, cuyos camellos nunca comían el pastito que les dejábamos. Que en cualquier momento podía llegar la Martha desde el almacén de Doña Vicenta, y que mi madre seguía barriendo la acera de tierra con una escoba de luces. El barrio estaba, en el pecho, pero estaba.
Esta tardecita voy a ir a buscar otra vez al Enrique, no el de hoy, sino el de aquel ayer fragante de la infancia. ¿Cómo no va a estar, si yo le veo patear un tarro donde la luna se astilla? Le voy a decir que mañana ensayaremos con la bandita en la cual él toca las maracas, Hugo el tamborcito que recibió de los Reyes, el Daniel la pandereta (algo tenía que tocar) y yo la quena fabricada con una caña y papel de seda. Golpeo. Me parece que el Enrique se hace de rogar. No quiero aguaitar por la grieta de la vieja puerta, no vaya a ser que por ese espiadero del sol se me agrieten sueños del pasado. ¿Es demasiado tarde? No, es la hora en que todos debíamos haber terminado de estudiar, y en el horizonte (donde nos han contado que habita el futuro) aún no se ruboriza la tarde. Una señora que pasa me ha visto golpear y me asegura que adentro hay un baldío, que no hay nada. ¿Cómo convencer a la mujer que detrás de esa puerta no todo es sosiego y ausencias? Al contrario. No tengo otra alternativa que retirarme, porque la mujer controla mis gestos. No temas, Enrique, vendré en algún momento a exigir que salgas a confirmarme la niñez; que me prestes la redonda de goma, aunque esté exhausta y casi sin pique. Sé que estás en casa y que tu madre la habita y camina plena de antorchas. El potrero no sólo se nutre de quimeras perfectas y de luces. Le basta con que una sombrita que mucho se parece a una torcacita redonda, ruede por la canchita, aunque el día nos vaya abandonando a las penumbras. Nosotros lo mismo la vemos y la empujamos con la Pampero gastada hasta el centro justo de la nostalgia. Enrique, ya es hora de que salgas. No te va resultar sencillo que te escondas detrás de esas ruinas, porque yo te he golpeado la puerta de la infancia.
