"Cuando Jesús volvía de la región de Tiro, pasó por Sidón y fue hacia el mar de Galilea, atravesando el territorio de la Decápolis. Entonces le presentaron a un sordomudo y le pidieron que le impusiera las manos. Jesús lo separó de la multitud y, llevándolo aparte, le puso los dedos en las orejas y con su saliva le tocó la lengua. Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y le dijo: "Efatá'', que significa: "Abrete''. Y en seguida se abrieron sus oídos, se le soltó la lengua y comenzó a hablar normalmente. Jesús les mandó insistentemente que no dijeran nada a nadie, pero cuanto más insistía, ellos más lo proclamaban y, en el colmo de la admiración, decían: "Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos'' (Mc 7,31-37).

 


El evangelista Marcos presenta un milagro hecho para sanar no a un judío, sino a un gentil. La salvación rompe los límites del mundo judío. “Le presentaron a un sordomudo”.  ¿Quiénes son los que le presentan a este hombre? Son los colaboradores de Jesús, que el evangelista al inicio del evangelio ha definido como “ángeles”, que le servían (Mc 1,13). Le trajeron un sordo, no mudo, sino tartamudo (en griego: moguilálos).  Es la única vez que en el Nuevo Testamento aparece este término, y en el Antiguo Testamento aparece una sola vez para indicar la liberación del éxodo de Babilonia: “entonces el tullido saltará  como un ciervo y la lengua de los tartamudos gritará de júbilo” (Is 35,6).  Se trata pues de una imagen de liberación.


Hay que prestar atención: no se trata tanto de una curación del físico sino del espíritu. El milagro de Jesús no consistió en devolverle el habla, sino en hacerle “hablar bien”.  “Le pidieron que le impusiera las manos”. Jesús lo separó (kat’ idían), de la multitud. Para ésta el original griego usa un término peyorativo: “ojlos”, la turba, la masa y, a solas con él, le pone los dedos en la orejas y en la lengua “¡Éfata!”, “¡Ábrete!”. Y se abrieron sus oídos y, también, por supuesto, comenzó a hablar. Él no quiere publicidad alrededor del milagro porque ella podría deformar el sentido del milagro.  ¿Por qué? Porque Dios no quiere crear clientes o admiradores, sino creyentes. La turba, la masa, los masmedia, el ambiente actual, inexorablemente, nos desprograman, en sordera a todo lo alto, lo bello, lo verdaderamente humano y lo divino. Si no queremos perder del todo el oído, debemos retirarnos, apartarnos de la turba, y permanecer a solas, con Jesús, para que Él nos reprograme constantemente, en la verdad; para que toque nuestros oídos y nuestros labios de modo no solo de ser capaces de escuchar en serio su palabra transformante, sino salir de nuestra tartamudez, para poder transmitir el mensaje eficazmente a la muchedumbre. Antes el evangelista Marcos adoptó el término “orejas” (ôta), y ahora emplea (akoaí), que se refiere al oído. No era un problema físico, de orejas, sino de comprensión. De ahí que “no hay peor sordo que aquel que no quiere oír”.  La dificultad no era para oír sino para escuchar.


Con su saliva le tocó la lengua. La saliva era considerada como espíritu condensado, y solidificado, imagen del Espíritu. Plinio el Viejo en su obra “Historia natural” afirma literalmente: "la saliva del ser humano en ayunas es la mejor defensa contra los tósigos (venenos)". Otra aplicación: escupir sobre los epilépticos durante sus ataques. “Escupirse en la mano”, sostiene, “aumenta la fuerza del golpe que se piensa asestar”. La saliva se recomienda también para los diviesos, para la lepra ulcerosa, para las enfermedades de los ojos y los dolores del cuello. Tengamos en cuenta que las propiedades de la saliva estaban fuertemente avaladas a altísimo nivel. Los historiadores romanos Tácito y Suetonio narran que, en Alejandría, un ciego que logró acercarse al emperador Vespasiano le pidió que le tocara sus ojos con saliva. El emperador lo hizo y el ciego se curó.


"Y en seguida se abrieron sus oídos, se le soltó la lengua y comenzó a hablar normalmente". Y la gente quedó tan asombrada, tan locuaz, tan elocuente, que, aunque Jesús les decía que "no dijeran nada a nadie", "ellos más lo proclamaban". Sí, muy lejos de la magia, porque, en realidad, Marcos apunta a dos blancos: desacreditar a todos los charlatanes curanderos  de la época y además, alentar a la pobre comunidad cristiana amedrentada y balbuciente luego de la sangrienta represión de Nerón. Animarlos no solo a escuchar a Jesús sino a proclamarlo sin miedo. El texto concluye afirmando lo que la gente decía: “Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos”.  El evangelista adopta los mismos términos que en el libro del Génesis indican la acción del Creador, que por cada acción que crea dice: “Hizo bellas todas las cosas”, y “vio que todo era bello”.  En Jesús se prolonga la acción creadora al dar plenitud de vida y no hacer remiendos.