Nos encontramos en el tiempo litúrgico de Navidad, que comenzó la noche del 24 de diciembre con la Vigilia de la Nochebuena y se concluye hoy con la celebración del Bautismo del Señor. El arco de días es breve pero denso en celebraciones y misterios, reuniéndonos alrededor de dos grandes solemnidades del Señor: Navidad y Epifanía. El nombre mismo de las dos, indica la respectiva fisonomía. La Navidad celebra el hecho histórico del nacimiento de Jesús en Belén. La Epifanía, nacida como fiesta en Oriente, indica un hecho, pero sobre todo un aspecto del misterio: Dios se revela en la naturaleza humana de Cristo y éste es el sentido del verbo griego "epiphaino”: "hacer visible”. En tal perspectiva, la Epifanía se refiere a una pluralidad de acontecimientos que tienen como finalidad la manifestación del Señor: en modo particular la adoración de los Magos, que reconocen en Jesús al Mesías esperado, pero también el Bautismo en el río Jordán con su teofanía. La voz de Dios mientras Juan el Bautista bautiza a Jesús y que dice: "Este es mi Hijo muy amado en quien tengo puesta toda mi predilección” (Mc 1,11). Igualmente es epifanía el signo de las Bodas de Caná. Se trata de un acontecimiento donde "Jesús reveló su gloria y sus discípulos creyeron en él” (Jn 2,11). Por este motivo el beato Juan Pablo II quiso que el Bautismo de Jesús y el milagro del agua cambiada en vino en la fiesta de bodas en Caná de Galilea, sean el primer y segundo misterio luminoso que rezamos los jueves. Una antífona de la oración de la mañana en la Liturgia de las Horas dice, uniendo estos tres hechos: "Hoy la Iglesia se une a su Esposo celestial, porque en el Jordán, Cristo ha lavado los pecados de ella; los Magos corren y llevan en sus manos dones a la boda real, y los convidados gozan viendo el agua cambiada en vino”.

Ante todo, nos preguntamos ¿cuál es la primera reacción ante la extraordinaria acción de Dios que se hace niño? Ciertamente que la respuesta es de alegría. La Misa de la Nochebuena iniciaba con estas palabras: "Alegrémonos todos en el Señor, porque ha nacido en el mundo el Salvador”. Las palabras del Ángel a los pastores también es una invitación al gozo: "Les anuncio una gran alegría” (Lc 2,10). Esta alegría nace del estupor del corazón que ve a un Dios cercano. Nace del contemplar el rostro de aquel humilde niño, porque sabemos que es el Rostro de Dios presente y para siempre en la humanidad. La Epifanía, comúnmente llamada la "fiesta de los Reyes Magos” es una fiesta de la luz. "Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti!” (Is 60,1). Con estas palabras del profeta Isaías, la Iglesia describe el contenido de la fiesta. Es que ha venido al mundo aquel que es la luz verdadera; el que hace que los hombres sean igualmente luz. Para la liturgia, el camino de los Magos de Oriente es sólo el comienzo de una gran procesión que continúa en la historia. Antes habían llegado los pastores, las almas sencillas que estaban más cerca del Dios que se ha hecho niño y que con más facilidad podían "ir allí” (cf. Lc 2,15), hacia él y reconocerlo como Señor. Ahora, en cambio, también se acercan los sabios de este mundo. Vienen grandes y pequeños, reyes y siervos, hombres de cultura e ignorantes. Los expertos nos dicen que los Magos pertenecían a la gran tradición astronómica que se había desarrollado en Mesopotamia a lo largo de los siglos y que todavía era floreciente. Pero esta información no basta por sí sola. Es probable que hubiera muchos astrónomos en la antigua Babilonia, pero sólo estos pocos se encaminaron y siguieron la estrella que habían reconocido como la de la promesa, que muestra el camino hacia el verdadero Rey y Salvador. Eran hombres de ciencia, pero no sólo en el sentido de que querían saber muchas cosas: anhelaban algo más. Eran personas de corazón inquieto, que no se conformaban con lo que es aparente o habitual. Eran hombres en búsqueda de Dios. Y eran hombres vigilantes, capaces de percibir los signos de Dios, su lenguaje callado y perseverante.

El Bautismo de Jesús, cuya fiesta celebramos hoy, es como una nueva creación de Adán. El Señor recrea la imagen que el pecado había arruinado. En el bautismo se une lo que Dios es: eternidad, fuerza, santidad, vida y gozo, con lo que somos nosotros: debilidad, pecado, sufrimiento y muerte. Para el gran poeta francés Paul Claudel, primero agnóstico y creyente luego de su conversión en 1886, recibe el bautismo y escribe: "Después de ese día la noche se transformó en día, y la Luz segura me condujo por el camino de la contemplación”. Todos conocemos el día de nuestro cumpleaños. ¿Sabemos el día en que fuimos bautizados? Sería esta la ocasión para indagar si no lo sabemos y agradecer si la conocemos.