Día que pasa, luego de las recientes elecciones en Irán, aumentan las protestas por los resultados oficiales que confirmaron la reelección del presidente ultraconservador Mahmoud Ahmadinejad.
El régimen de Teherán se aplica a fondo para reprimir a los miles de jóvenes que salen a las calles para manifestarse contra las cifras oficiales que indican haber obtenido el 62% de los votos, el doble de los sufragios alcanzados por el moderado Mir Husein Musavi, quien consideró fraudulento el resultado y animó a sus compatriotas a continuar con protestas en forma pacífica. Al anochecer del sábado el régimen iraní tomó una medida extrema en su esfuerzo por tener pleno control de la situación: una interrupción de comunicaciones casi total. Sólo era posible hacer llamadas telefónicas locales por línea fija. El bloqueo fue un proceso gradual. Había comenzado cuando fue imposible enviar mensajes de texto por celular.
Un centenar de reformistas, entre ellos, el hermano del ex presidente Jatami, han sido detenidos, cuatro periodistas europeos fueron arrestados y las universidades han sido cerradas. No obstante los esfuerzos del Gobierno por contener el movimiento opositor, nadie es capaz de aventurar cómo va a evolucionar la situación. La controvertida reelección de Ahmadinejad ha motivado los mayores disturbios que se registran en el país desde 1979, por lo que no resulta absurdo afirmar que la legitimidad de todo el régimen teocrático podría haber quedado afectada irremisiblemente.
La cuestión fundamental es saber si el movimiento protagonizado por el sector opositor marcará o no un punto de inflexión a 30 años de la Revolución islámica; esto es, dirimir si los comicios han sido una oportunidad perdida para el cambio de políticas que viene reclamando la sociedad iraní, o si Ahmadinejad insistirá en su política de aislamiento e involución totalitaria.
Además de la existencia de esta contestación, el hartazgo ciudadano por el populismo unido a los modos tiránicos de Ahmadinejad y la profunda crisis que padece Irán, un país rico en gas y petróleo, pero azotado por la inflación y con un índice de desocupación del 30%, constituyen el caldo de cultivo de la ola aperturista. Fiel a su estilo, el presidente electo atacó a la prensa extranjera e insistió en la continuidad sin cambios de su programa nuclear.
Si Ahmadinejad se obstina en desoír a su pueblo, reprimir a sus opositores y no aceptar las resoluciones de la ONU, este país de 70 millones de habitantes y en el que el 70% de la población tiene menos de 30 años, estará lamentablemente condenado al fracaso.
