Con su estilo franco, cercano a los problemas del pueblo, el papa Francisco incursionó el jueves último, por primera vez, en el terreno de lo que llamó "la dictadura de la economía” y la falta de ética dirigencial condenando duramente a la corrupción tentacular y la egoísta evasión impositiva de dimensión mundial, según observó.

El santo padre, preocupado por el desequilibrio promovido por la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera, volvió a ocuparse del tema al día siguiente, en una homilía que dejó un mensaje contundente: "Pecadores, sí. Corruptos, no”, como síntesis de una exhortación solidaria para producir un cambio de actitud en la clase política. Bergoglio puso énfasis en la búsqueda de una reforma financiera para el bien común, en particular que tenga en cuenta a los sectores más postergados.

En su primera exposición dedicada exclusivamente al desequilibrio económico y político que ha impulsado una crisis mundial sin precedentes, el pontífice argentino recordó a los gobernantes que, más allá de las creencias, la Iglesia Católica trabaja por el desarrollo integral de cada persona. Y señaló que el bien común no debería ser un simple agregado insertado en los programas políticos sino que los dirigentes deberían estar verdaderamente al servicio del bien común de la sociedad.

Por eso llamó a los políticos a reconocer que la mayor parte de los hombres y de las mujeres de nuestro tiempo siguen viviendo en una precariedad cotidiana con consecuencias funesta, y habló del aumento de patologías, incluso psicológicas, del miedo y la desesperación en el corazón de muchos, incluso en los llamados países ricos. A su juicio se ha instaurado una nueva tiranía invisible, a veces virtual, que impone unilateralmente sus leyes y sus reglas. Además, el endeudamiento y el crédito alejan a los países de su economía real y a los ciudadanos de su poder de compra. Y, en alusión a los "paraísos fiscales”, dijo que es una corrupción tentacular y una evasión fiscal egoísta de dimensiones mundiales. El tema podría rozar al propio Vaticano, en particular al banco del Instituto para las Obras de Religión, cuya transparencia se investiga en Italia por presunto lavado de dinero, uno de los problemas asumidos por el Santo Padre.

Es que "el problema no es ser pecadores: el problema es no arrepentirse del pecado, no tener vergüenza de lo que hemos hecho”, según remarcó al condenar el dominio del dinero, el nuevo ídolo, sobre el hombre y la sociedad.