La transgresión, impotencia, hoy resurgen nuevamente, porque no hay confianza en las instituciones. El alcohol y el tabaco, a veces suelen ser más adictivos que la droga, casi como blanqueados, por la sociedad actual. Pero, como adultos, ¿que nos está pasando como adultos? Un adolescente de 15 decía en una reunión que la abuela de 78 años se fumaba una vez al mes un porro. A veces, las parejas, también se instalan una vez por semana para fumarse un caño, cuando no cocaína, despejándose con una película.
La pregunta sería: ¿qué nos ven los adolescentes para que ellos hagan esto? El joven desde siempre cuestionó al adulto Ahora, también el adulto, empieza a cuestionar y a hacerse cuestionable ¿Es culpable de ello el adulto? No necesariamente, porque también suele ser presa fácil de un sistema capitalista salvaje, que pregona la cultura del éxito, alejando a los humanos de las necesarias relaciones interpersonales. Y, cada vez más, la sociedad muestra la crueldad de la soledad. Si el adulto no tiene bien en claro en que sociedad está viviendo, la misma fuerza interpelante del adolescente, va a ser más dura: ‘Este pibe me arruinó el día”.
Pero, ¿qué cosas nos dicen cuando nos dicen las cosas? Hay que saber ir y volver a los 16 años de pibe. El ir, no implica quedarse en la adolescencia, sino saber retroceder, para iluminar nuestra acción cotidiana, recordando esa edad ¿Este me quiere hacer daño o ensaya para asegurarse en la sociedad en la que se va a meter? Es que antes, cuando alguien fumaba en el baño del colegio cuando nadie lo veía sentía vergüenza, y ahora ella, se ha perdido. Ante ello, si el adulto es inseguro, no sabe poner reglas claras, la escuela se convertirá en un galpón de contención. El adolescente necesita que los adultos fijemos reglas claras, y que nos respetemos como adultos frente a esas reglas, más allá del partido político o ideología que militemos. A las palabras se las lleva el viento, y el adolescente especula con ello, viendo la gran inseguridad del adulto, que cada día tiene que dar más justificaciones de su actuar.
Una vez un padre vino a buscar a su hijo de 14 años a una escuela, avisado previamente que su hijo estaba descompuesto y necesitaba urgentemente un médico. El padre se lo llevó con estas palabras: ‘No lo voy a llevar al doctor para que salga como salí yo”. Precisamente, el chico en el aula está, no hace nada, se ríe, toma mate, pero no muerde. Si al joven se le da un lugar, siempre viene. Viene, no sabe a qué, pero viene, no muerde. No obstante, si no hay una alarma de parte de la familia, todo lo otro de nada sirve. A la mayoría de los adolescentes o niños no se los ve fumar solos, fuman en grupos, para dar muestra de la soledad. Es que están solos, pero se los ve en grupos, para que no se percate esa soledad en la multitud. Ante la soledad, que tomo primero: ¿Agarro el alcohol o las matemáticas?
Poner limites, no es ser milicos, es ponerse en la posición del otro. El populismo creó una falsa ideología cuando la igualdad no distingue el rol frente a un grupo especifico, desvalorizando más la labor educativa de las personas, para instalar la degradación y cosificación permanente, totalmente necesarias para el consumo y el poder desenfrenado. El resultado se ve a la vista: ‘Nos escapamos de la escuela para ir a fumar, allí nos sentimos valorados, que importamos para algo”. El experto da la teoría, pero se le escapa la tortuga en particular.
Entonces, el producto que ofrece la educación es siempre frustrante para este mundo mediocre, pero a la vez un desafío heroico, casi igual al desafío de San Martín al cruzar la cordillera de los Andes. Los héroes de la educación, son los que con los bolsillos escasos, cuentan con el arma para cambiar la sociedad. Son los que tienen la alta bola de cristal para reflejar que este mundo es maravilloso. Y, la escuela ayuda a crear ese mundo que es fabuloso, no bochornoso. La escuela es la que ayuda a ver que es más importante el aula, que cualquier fiesta tecno.
La etapa de ser adultos es la etapa de mucho esfuerzo lúcido. El chico está desnudo, y ante la desnudez, solo le sirve la fortaleza. Al cuerpo se lo corre con el espíritu. Si lo negamos nos estrellamos. La fortaleza es la que viste de estrellas a la necesidad del cuerpo de hacerse ver, mostrarse, sólo para escapar. Es que ahora hay costumbres que se hicieron dominantes. Si uno se cuestiona ante el joven, éste pierde la referencia. Necesita de un aliento, de una luz que lo ilumine en su etapa de vida. Por lo tanto, para concluir, es óptimo hablar nuestras angustias con diálogo saludable con otro colega, el otro profesional o trabajador igual, que sufre también a mi lado. Aquél amigo. Ese amigo del alma, del camino y del destino.

