
En artículos anteriores, nos referíamos al amor matrimonial, según el capítulo IV de "Amoris laetitia”, del Papa Francisco. Queremos ahora, ante la proximidad de San Valentín, reflexionar sobre la séptima característica del amor (1 Cor 13,4-7), "el amor no se irrita”, no se enoja fácilmente.
La ira (irritación, cólera, furor, enojo, indignación, enfado) es una pasión o emoción violenta del apetito sensitivo. ¡Cuántas veces surge y sentimos enojo por diferentes situaciones que nos desagradan y molestan! Sin embargo, hay que aprender a no dejarnos llevar por el enojo, a dominarnos, para no herir con palabras y actitudes que luego lamentaremos. Hay que controlar el enojo y no que el enojo nos controle. Las personas que se enfadan con violencia perjudican y amargan a los de alrededor; a veces sus reacciones surgen por cuestiones banales. Bastaría que fuesen algo más razonables para comprender que enfadarse no sirve para nada. El amor no se irrita, porque sabe dominar los enfados, sabe que estos pueden herir y hacer sufrir a quien más se ama.
Escribe el Papa: "Los cristianos no podemos ignorar la constante invitación de la Palabra de Dios a no alimentar la ira: "No te dejes vencer por el mal” (Rm 12,21). "No nos cansemos de hacer el bien” (Ga 6,9). Una cosa es sentir la fuerza de la agresividad que brota y otra es consentirla, dejar que se convierta en una actitud permanente: "Si os indignáis, no llegareis a pecar; que la puesta del sol no os sorprenda en vuestro enojo” (Ef 4,26). Por ello, nunca hay que terminar el día sin hacer las paces en la familia. Y, "¿cómo debo hacer las paces? ¿Ponerme de rodillas? ¡No! Sólo un pequeño gesto, algo pequeño, y vuelve la armonía familiar. Basta una caricia, sin palabras. Pero nunca terminar el día en familia sin hacer las paces” (AL,104).
"La indignación es sana cuando nos lleva a reaccionar ante una grave injusticia, pero es dañina cuando tiende a impregnar todas nuestras actitudes ante los otros” (AL,103). "Si tenemos que luchar contra un mal, hagámoslo, pero siempre digamos "no” a la violencia interior” (AL,104).
El verdadero amor conyugal, reflejo del amor de Dios, no se enoja fácilmente porque es "lento para la ira y rico en misericordia”. Los esposos deben ser "lentos” para enojarse y "rápidos” para perdonarse: restar importancia a lo que molesta del otro, dejar de pensar en lo que nos ha irritado e intentar olvidarlo pronto.
Saber dominar los enfados es, pues, la séptima característica del amor conyugal.
Por Ricardo Sánchez Recio
Lic. en Bioquímica. Orientador Familiar. Profesor.
