Tras una estridente campaña electoral, no se podía esperar menos. Barack Obama dio su discurso de despedida en Chicago y Donald Trump su primera conferencia de prensa en Nueva York. En Miami, un tipo atracó un banco, se hizo filmar en Facebook, se escapó en Uber, regaló el dinero en la calle y pidió ir al Congreso para denunciar que Rusia iniciará la tercera guerra mundial, despechada por las sanciones de Obama y la expulsión de sus espías. 


En toda esta telenovela, Obama habló de su legado. Resucitó un país quebrado y resistido por la comunidad internacional en su era post Bush; creó mayor conciencia sobre el cambio climático, pero admitió que poco hizo por la igualdad y por la violencia racista que no pudo controlar. Se olvidó mencionar que deportó a 2,7 millones de inmigrantes, más que todos sus antecesores juntos y eliminó privilegios que tenían los inmigrantes cubanos. En este final, supo desviar la atención con las sanciones que aplicó a Rusia por el pirateo informático a la campaña de Hillary Clinton. 


La conferencia de prensa de Trump reveló lo que se sospechaba. No se transformó en más presidenciable. Atacó a la prensa y seguramente sus anuncios y líos diplomáticos seguirán por Twitter, como todos los populistas latinoamericanos que prefieren la comunicación directa, sin filtros ni preguntas. 


Sí cambió su perspectiva sobre los rusos y Vladimir Putin. Finalmente admitió que el presidente ruso tiene responsabilidad en los ciberataques antes y durante las elecciones. Aunque, dijo, no debería creerse que Hillary fue derrotada por eso sino como dijo Julian Assange de Wikileaks, fue porque los electores de Michigan, Wisconsin y Ohio le voltearon la espalda. 


Trump aprovechó para victimizarse de chantaje y de una "cacería de brujas" acusando a opositores y a los servicios de inteligencia. En realidad las filtraciones y los ciberataques rusos contra empresas privadas y el gobierno estadounidense suceden a diario y desde hace décadas. 


No todos los informes de inteligencia son creíbles: Trump desacreditó los actuales comparándolos con la pifia por las armas de destrucción masiva de Saddam Hussein. Trump es díscolo y vengativo, no perdona una coma de más que pueda enturbiar su marca registrada. Si durante una presidencia normal como la de Obama hubo poca transparencia, uno se puede imaginar lo que pasará ahora. Trump repite mentiras como verdades, exagera, es poco transparente al no haber revelado su declaración de impuestos o demostrar cómo evitará conflicto de intereses con sus negocios. Es evidente que se avecina una estricta cerrazón informativa. 


El despliegue de la prensa para chequear las exageraciones y aseveraciones de Trump, demuestra que está preparada. Tendrá una tarea superlativa, vigilar y fiscalizar a fondo. Es la única institución capaz de garantizar el equilibrio de poderes y que este cambalache a la rusa no se desborde. 
 

 

Putin, el presidente ruso, pieza clave en la elección de Trump