Conocí a Hugo Rodríguez por aquellos años de la querida Radio Colón que levantaba la gloria de ser una de las más prestigiosas emisoras del país. La de don José L. Rocha, Lucho Román, los Chiallela, Ricardo Berger, el negro Emilio Romero, Donaire y compañía, Quito Bustelo, Vallejos y tantas glorias del aparatito entonces con perillas y dial de hilo.
Hugo lideraba una organización deportiva que comenzó a estacionar sus reales en la consideración de aquel país que también buscaba su destino en las gestas. Sé que nos quería Hugo; siempre nos distinguió en el arte. Por aquellos dorados días del fútbol local que llenaba estadios, y del fútbol nacional que consagraba al Sportivo, el de Méndez de Socio; o el San Martín del "viejo" Rodríguez Nieto.
En aquel sótano con lumbre propia de la Colón que copaba la parada por calle Mendoza casi Rivadavia, hicimos una de nuestras primeras armas en un ciclo de 3 meses con público y hasta un club de fans que se formó en el programa mañanero de Lucho Román. Entonces conocimos a Hugo y sus muchachos, una "patota" refrescante de gente hermosa, que ya era referente en transmisiones deportivas. Fueron muy generosos con nosotros; experimentamos en carne viva su aprecio; era llegar a la radio y sentirse contenido, cómodo, disfrutar; y las permanentes bromas con aquel amigo inseparable de Hugo, el carismático Néstor Páez, en una tierra de grandes relatores deportivos de los mejores que he conocido junto a Jorge Germán Ruiz; éste toda distinción y sobriedad, aquel todo tablón y fuego.
Una estela de buena lumbre ha dejado Hugo Rodríguez. Un campanario de bonomía, una caricia de calle en carne viva y humanidad de frente. Le costaba a él describir el encuentro deportivo por el andarivel que está en la orilla de la cancha; se metía en ella con todas sus pasiones; se comprometía cardinalmente con lo que veía.
Se es algo propio o no se es nada, cueste lo que cueste. Ser uno mismo. O se puede ser las mil caras de las circunstancias, los mil repliegues de las cosas en pro de no quedar mal con nadie, y a la vez quedar mal con todos, pero fundamentalmente con nuestra conciencia, esa espada que tiene el deber moral de no dejar dormir a los impostores.
Querido Hugo: Tu voz comprometida y provinciana no podrá callar. Y no lo digo porque te eternizarán los mil registros que hay sobre vos; más bien porque te alumbrará el permanente recuerdo, juez inapelable de las cosas, escarnio de los dictadores y los silencios forzosos.
