La escuela no puede permanecer indiferente ante el grave flagelo del consumo de drogas y alcohol, dado que ello afecta tanto el rendimiento escolar como la salud en general. Esto me lleva a pensar, que lo sucedido hace poco con un chico de once años desaparecido por algunos días y después encontrado con la triste realidad que él manifestó: ser adicto desde los once años.

Hizo su aparición a través de las redes sociales. Ante esto, los padres ¿no observaron sus conductas previas? Pero nos preguntamos ¿qué puede hacer la escuela ante un problema sobre el que intervienen cantidad de factores de todo tipo, en condiciones sociales de creciente desigualdad, individualismo, violencia? Sí, la escuela puede hacer mucho, desde un espacio contracultural, no sólo desde sus dimensiones curriculares, sino fundamentalmente desde el valor ético como la ‘resiliencia” (saber saltear las dificultades) y discernir qué es bueno y malo para su cuerpo.

La Ley 26586 establece esencialmente los contenidos sobre la prevención de adicciones. El Consejo Federal de Educación debería proponer en forma urgente su aplicación en todo el país, de la misma manera que se establecieron los NAP (núcleos de aprendizajes prioritarios). El docente debe formar equipos como institución educativa padres y comunidad. Así aumentarán los niveles de crecimiento, autonomía reflexión. Los adolescentes están pasando por la crisis propia de la edad, y necesitan potenciar su autoestima y confianza. La escuela propiciará que los alumnos no sean meros repetidores de información; seguidores de normas; consumidores pasivos o peor todavía, excluidos del proceso de aprendizaje. Es preciso el desarrollo de acciones eficaces en el marco de la promoción de la salud. Los padres deben reconstruir el vínculo con sus hijos otorgar un espacio frente al consumo de drogas y alcohol para que no caigan en adicciones a edad cada vez más tempranas.

Desde el Ministerio de Educación de la Nación unido al Ministerio de Salud deben articular acciones para que en todo el país sean aplicados en forma transversal los contenidos desde la Formación Docente y pasando por todos los niveles de la educación, es sólo hacer cumplir la ley de prevención de adicciones.

El alcohol y drogas, especialmente las sintéticas, están haciendo estragos con nuestros jóvenes. Así vemos que el mayor consumo se advierte en la previa. Los fines de semana los padres se preguntarán ¿dónde están los hijos, con quién se reúnen, quiénes son sus amigos? Esto sólo se resuelve a través de una pareja insustituible como escuela y familia. El Ministerio de Educación de la Nación está en deuda con los padres ante la falta de una distribución masiva de guías familiares, documentos que los acompañe en este flagelo. El Ministerio de Salud de la Nación dio a conocer un relevamiento en el que expresa que entre 2001 y 2013 el abuso de alcohol en los estudiantes fue de 113% mientras que las consultas por emergencias de jóvenes subió el 40% entre 2011 y 2014. El informe destaca que la sustancias más consumidas es la marihuana, incrementada en 2013 y significativamente las de mayor prevalencia son el consumo de de solvente e inhalables. Muchos consumen antes de entrar a clase, otros también durante horarios de clase en los recreos, a la salida del colegio, en las plazas. ¿Es posible que en cada fiesta de jóvenes esté custodiada por policías? Salen ebrios así conducen, matan sus vidas y la de sus semejantes. Otros asesinan, roban a mano armada en edades cada vez más temprana.

La escuela y la familia deben encontrarse para formar y educar juntos. ‘Retomemos la imagen inicial de Sarmiento del hilo a la soga, de la soga al cable, del cable a la cadena y construiremos el puente educativo hacia el cabezal del futuro” (La Prevención Educativa de Adicciones: Guía básica para Docentes Dr Pedro Barcia).