Domingo Faustino Sarmiento fue niño precoz, a los 4 años empezó a leer. En su infancia sus padres querían que fuera sacerdote (su madre) o doctor o jefe militar (su padre). Cursó varias veces el único grado de la Escuela de la Patria. Tenía 10 años cuando su padre lo llevó a Córdoba para gestionar su ingreso en el Seminario Mayor de Nuestra Señora de Loreto. Después, de grande, se sucedieron años de exilio en Chile, donde fue maestro, periodista, minero, escribió libros y proclamó que sólo la educación del pueblo vencería a la barbarie.
En 1845 el gobierno de Chile por iniciativa del ministro Manuel Montt, lo envió a Europa para estudiar sistemas educacionales. En septiembre de 1847 llegó a ese país y visitó a Horace Mann en su casa de West Newton. Desde su banca de diputado Mann combatió la esclavitud y las diferencias sociales que se iniciaban en las escuelas primarias. Había fundado la primera escuela normal de América donde se formaban las maestras que enseñaban en las numerosas escuelas comunes, también fundadas por él. Cuando Sarmiento emprendió el regreso a Chile estaba seguro de que Horace Mann desde el Norte y él desde el Sur realizarían la revolución educativa para abatir la ignorancia en el Nuevo Mundo.

Regresa de Chile en 1854 y al cabo de algunos años y desempeños de funciones principales en la gobernación de Mitre, es elegido gobernador de San Juan en 1862. Con su habitual energía y pasión civilizadora realizó progresos y proyectó otros más. Surgieron diversas dificultades, entonces le pidió al presidente Mitre el cargo, ya antes ofrecido, de ministro plenipotenciario en Estados Unidos. El 15 de mayo de 1865 llegó a Nueva York encontrando muchos cambios respecto al año 1847, ocasión en que conoció ese país.

Apenas instalado en Nueva York supo que Horace Mann había muerto en 1859 e inmediatamente le escribió a su viuda y le recordó su visita durante 1847. La señora contestó enseguida y le aseguró que no lo había olvidado y que podía escribirle en español, idioma que ella había aprendido en Cuba. Mary Peabody Mann era una mujer inteligente, sencilla, bondadosa y de amplia cultura. Ella y su marido fueron los autores de la nueva era educacional de los Estados Unidos. A través de ella Sarmiento conoció al filósofo Emerson, al astrónomo Gould, al poeta Longfellow, al pedagogo Bernard y al hispanista Ticknor. Además ella le tradujo discursos y libros y escribió en inglés la biografía de Sarmiento. La Academia Argentina de Letras publicó 147 cartas de Sarmiento a ella y en una de éstas, el 6 de abril de 1866 le dice que él se educó como Dios le ayudó, pero que no tiene título universitario. En marzo de 1867 le escribe que él es un ‘self made man’ y ‘si me presentara a rendir examen de leyes ante los mismos que no se atreven a replicarme, me negarían audiencia porque cuando joven no seguí las clases’.

La señora de Mann interpreta su deseo y comienza discretamente gestiones para conseguirle un título doctoral. Escribe a Henry Barnard, funcionario principal de educación en los Estados Unidos y la pide su apoyo para conseguir el grado de doctor en leyes de Harvard para Sarmiento. El presidente de la universidad, Dr. Thomas Hill, ya estaba de acuerdo y le había sugerido a la señora de Mann cómo redactar el pedido. La petición fue presentada y el Consejo votó el título de doctor en leyes a favor de Domingo Faustino Sarmiento, pero cinco días después un comité de la mesa revisora modificó el sistema y quedó sin efecto lo resuelto. Los gestores no se desanimaron y comenzaron nuevas gestiones, esta vez en la Universidad de Michigan esta vez apoyados por el mismo doctor Hill, el naturalista Agassiz y el astrónomo Gould. Los tres le aseguran a la señora Mary que debe considerarlo todo como si ya estuviera hecho y ella ya está tan segura del doctorado que les dice a dos jóvenes que van a enseñar en Buenos Aires que le digan siempre doctor Sarmiento.
En los primeros días de junio de 1868, Sarmiento fue invitado al ‘commencement’ de la Universidad de Michigan, o sea la fiesta de fin de curso y colación de grados. Esa universidad antigua y famosa está en Ann Arbor. Es una de las universidades más antiguas de Estados Unidos que fue fundada en Detroit en 1817 y 20 años más tarde se instaló definitivamente en Ann Arbor. En ese momento su presidente era el Reverendo Erastus Otis Haven.
Por cierto, Sarmiento aceptó la invitación con gusto y pidió a Bartolito que lo acompañara.
A las 10 en punto se inició la ceremonia. En el centro del salón tomó asiento el doctor Haven, a su izquierda Sarmiento y al lado de éste Bartolito. En otros asiento el profesor Newton del Colegio de Yale, los doctores Newman de Nueva Orleans y Mayo de Cincinnati, el mayor general Pope y su Estado Mayor. En asientos destacados estaban el superintendente de Escuelas, los regentes del consejo universitario y los decanos. La ceremonia comenzó con el Hall Columbia, el himno popular del pueblo norteamericano y enseguida comenzaron los discursos que fueron doce. Luego el doctor Haven comenzó a distribuir los diplomas. Queda un solo diploma sobre la mesa, el último. ‘El presidente lo levanta en alto, avanza solemnemente y exclama con voz sonora: ¡Domingo Faustino Sarmiento, ambassador from the Argentine Republic and the president elect of that nation! Y volviéndose a la concurrencia agrega que tenía el honor de presentar a Su Excelencia el ministro plenipotenciario de la República Argentina, diplomático por accidente y maestro de escuela durante toda su vida. Agregó que en Sarmiento era una pasión maravillosa la educación popular y cómo trabajaba para trasladar a su patria los mejores maestros norteamericanos para organizar modernas escuelas. Por todo esto (agregó) la Universidad de Michigan ha decidido otorgarle el título de doctor porque doctores son los que enseñan. Saludo en Domingo Faustino Sarmiento al obrero incansable de la educación de América y futuro presidente de la República Argentina. Invito a todos a que nos pongamos de pie en su honor.’
‘Emocionado, eufórico, embriagado de gloria, Sarmiento tomó de un brazo a su secretario y con su vozarrón le dijo al oído: Mitre, hágame el gusto de agradecer en mi nombre y en el de mi país estas honrosas demostraciones. Dígales que ante todo he sido durante mi vida maestro de escuela cualquiera fuera el puesto que ocupase, hasta el más encumbrado, y que hoy, representante de la República Argentina en el extranjero sigo siendo principalmente maestro de escuela’. Sarmiento no paraba de dictarle al oído a Bartolito el discurso que hubiera querido pronunciar en inglés, mientras el público permanecía en sorprendido, en religioso silencio, ante estos dos hombres que en el medio del escenario orquestaban un discurso.
-Si me permite señor voy a decir cuatro palabras… Bartolito no esperó más, avanzó hacia el público que continuaba perplejo y cumplió del mejor modo los deseos del doctor Domingo Faustino Sarmiento.