En la Pasión de Jesús, de la que hacemos memoria en este Viernes Santo, descubrimos la revelación del Dios que tiene pasión por su criatura: el hombre. En este día, de modo especial, llegamos a descubrir hasta qué punto Dios se ha dado en su Hijo, y hasta qué punto nos ama en el Hijo. Hoy contemplamos el Rostro ensangrentado de Jesús. Los hombres han hecho derramar esa sangre por odio, pero el Padre ha querido que la aceptación amorosa de su Hijo la transforme en gotas de amor redentor. El salmo 44 es un poema nupcial en honor al Rey en el que se lee al inicio lo siguiente: "Tú eres hermoso, el más bello de los hombres, la gracia se derramó sobre tus labios, porque el Señor te ha bendecido para siempre" (v.3). Se aplican a Cristo, belleza de Dios. Pero hay un texto de Isaías que contrasta con esta afirmación. Refiriéndose al Siervo de Yahvé en el que está prefigurado el Mesías Redentor, el profeta afirma: "No tenía forma ni hermosura que atrajera nuestras miradas, ni un aspecto que pudiera agradarnos. Hemos visto un rostro desfigurado por el dolor, tan despreciado, que lo tuvimos por nada". ¿Cómo se entiende que el más bello entre los hombres, el Viernes Santo es presentado por Pilato como el "Ecce homo" ("He aquí el hombre") en el que no ha quedado belleza exterior? "He aquí el hombre". Jesús es el verdadero hombre plenamente realizado. Su modo de ser hombre revela quién es Dios y demuestra que él es verdaderamente Dios: uno que ama hasta el extremo. Su humanidad y su dolor son manifestación definitiva de Dios, libertad de un amor que asume la violencia de los hombres y la muerte. De su rostro recibimos vida y en él nos identificamos.


San Agustín, que en su juventud escribió un libro sobre la belleza, percibió muy fuertemente la paradoja de una belleza que se puede alumbrar desde el misterio del dolor. Se trata de una paradoja que es contraposición, pero no contradicción. El Viernes Santo, contemplando a Jesús colgado de la cruz, coronado de espinas, con los brazos extendidos, los puños abiertos, su costado abierto y su rostro ensangrentado nos encontramos frente a la totalidad de la verdadera Belleza, de la Verdad misma. Quien cree en Dios sabe que la belleza es verdad y que la verdad es belleza, pero en Cristo también aprende que la belleza de la verdad comprende ofensa y dolor asumidos y transfigurados. En el siglo XIV, en el libro sobre la vida de Cristo, el teólogo bizantino Nicolás Kabasilas indicó que la belleza hiere para llamar al hombre a su destino último. Jesús crucificado es el ícono demostrativo de que al amor eterno se pasa a través del pasajero dolor. Pavel Evdokimov ha escrito que el ícono no es simplemente la reproducción de lo que es perceptible con los sentidos, y más bien que presupone "un ayuno de la vista". Sólo con el corazón purificado nuestros ojos podrán contemplar la desnudez del amor de Dios que no renuncia a morir en una Cruz y resucitar para revestir al hombre de una Vida que no se extingue con el tiempo.


Visitando Turín en Italia, recuerdo que un sacerdote amigo estudioso de la Sagrada Escritura y de la Sábana Santa me mostraba cada una de las partes del Santo Sudario. Me impresionó que se podían contar los 117 golpes del flagelo que padeció Jesús en su cuerpo crucificado. El flagelo era un corto bastón con tiras de cuero en cuyas extremidades se encontraban como balas de plomo o de puntas afiladas. Fue el momento del más atroz sufrimiento físico de Jesús. Pero también hay algo más extraordinario. Tres científicos italianos: Pier Luigi Baima Bollone, María Jorio y Anna Lucia Massaro llegaron a la conclusión que las manchas de sangre que aparecen en el sudario pertenecen al grupo sanguíneo de donador universal. ¡La sangre de Jesús fue derramada para todos, sin excepción!. En su rostro desfigurado aparece la auténtica y extrema belleza: la del amor que llega "hasta el final" y que precisamente en esto se revela más fuerte que la mentira y la violencia: expresiones siempre de vulgaridad. Edith Stein, la "mártir del amor" decía: "No acepten nada como verdad que esté privado de amor, y no acepten como amor nada que esté privado de verdad. El uno sin el otro se convierten en una mentira destructora". Jesús, desde su Cruz, viene a acariciar nuestro corazón, que tal vez vive la desazón del dolor. En su grito: "Dios mío, Dios mío, porque me has abandonado" (Mt 27,46), se recogen nuestros gemidos cuando experimentamos el misterio del sufrimiento, pero sin abandonar la certeza del salmista: "No me has mirado con desdén ni despreciado mi dolor. No me has ocultado tu rostro y me escuchaste cuando te pedí auxilio" (22,25). El Viernes Santo, Jesús nos enseña que él no ha venido a anular el dolor sino a llenarlo de sentido.

Por el Pbro. Dr. José Manuel Fernández