No basta que las personas aprendan a leer y escribir ni que se incorporen algunas aptitudes a la enseñanza como se solucionan los graves problemas que padece la humanidad. Este modo de concebir la vida desde los Estados del mundo ha demostrado, una y otra vez, durante el largo transcurso de la historia, que es una apreciación falaz de asimilar la existencia.

No es la primera vez que desde este espacio hacemos referencia a las exigencia equivocada que se imprimió al acto desde el poder cualquiera sea su signo en la historia del mundo. En esa pretensión de ser claros a la comprensión, no hemos abierto juicio de valor en ese sentido para evitar influencias o confusiones, pero sí nos hemos remitido a las consecuencias de un caminar fastidiado y molesto en un retroceso penoso donde pareciera que enfrentó equivocado su propia evolución, porque no es al primate hacia donde debe dirigir su aspiración sino hacia la perfección en busca de la faz que alguna vez le dio formas a su ser excepcional de la Creación.

Nada andaría, ni para adelante ni para atrás sin el necesario esfuerzo. Los gobiernos deben aprender que su loable tarea de conducir a los pueblos no sólo les exige la prédica del ejemplo sino que todos y cada mandante o funcionario desde las altas magistraturas del Estado comprenda que la llamada "función pública" es, fundamentalmente, una labor trascendente que reviste una misión de apostolado que debe entenderse e incorporarse al joven dirigente desde el inicio en su primaria formación. Sin embargo, el ejercicio auténtico y natural de la autoridad en el poder ha sufrido el menoscabo absoluto reflejado en conductas increíbles que al Séneca de Nerón le han postrado disminuido por aquello de "has lo que yo digo pero no lo que yo hago", con arrogancia y presunción cuando en esas alturas de la obnubilación la cordura se exime de explicaciones aunque el edificio de la ciudad arda en llamas. Total después, son los mismos incendiarios quienes llegan con las bombas de bomberos. En esa inconstante del hacer que destruye sin alma los períodos de la vida, la exigencia será el sacrificio y la consecuencia que define a la humanidad es que los pueblos nunca fueron felices.

Las sociedades no se salvan por construir de empedrados proyectos el camino de su despertar viviente, sino en torno al ejercicio de la autoridad moral que se sostiene en principios y valores del sentido común cuya inscripción en la conciencia humana viene de lo Alto y no es dable que la otorgue un igual, ya sea un par o un semejante. El hombre no da a otro hombre ni le otorga autoridad porque ella es intransferible. La autoridad se toma como ha sido recibida desde lo Alto y el hombre la ejerce, bien o mal, como sea capaz de hacerlo. Los pueblos no transfieren autoridad a sus gobernantes cuando votan en las urnas; los pueblos delegan el lugar, delegan el cargo, pero el ejercicio de la autoridad es propio de cada uno y es indelegable. Simplemente, el buen empleo de ese bien sustancial procura el bienestar de los pueblos, caso contrario y como eterno desatino, su mal uso y valoración ha contribuido no sólo a la infelicidad de las comunidades sino también a instalar desgracias que graban con fuego los rencores humanos y generan enfrentamientos inadmisibles cuando el reclamo pide a gritos la solidaridad.