
"Para que todo siga como está, es necesario que todo cambie" dijo el joven siciliano a su tío, príncipe, para explicarle por qué se había sumado a los revolucionarios de Garibaldi en épocas en que comenzaba la unificación de una Italia hasta entonces dividida en reinos independientes. Como los cambios por venir eran inevitables, convenía que uno de esa casta mudara al otro lado para seguir sosteniendo el poder con distinto disfraz. Mucho de eso se vio también en los algunos jóvenes guerrilleros de Latinoamérica en los 60"s y 70"s, que en su mayoría provenían de las universidades y no de la clase obrera que suponían representar.
El gatopardo es una exitosa novela de Giuseppe Tomasi de Lampedusa llevada al cine por Luchino Visconti con el protagónico de Burt Lancaster, Alain Delon y la bella Claudia Cardinale. El autor relató hechos del siglo XIX según los antecedentes familiares que le fueron legados por su bisabuelo. La frase, el concepto, "para que todo siga como está…" son tan actuales que serán inspiración para la campaña de CFK en Buenos Aires. Las encuestas le están dando tan mal que hasta Macri le gana por varios puntos y Juntos por el Cambio, como marca, supera al Frente de Todos. Hay que cambiar, no con el cambio profundo que manda la autocrítica y al cual todos nos debemos someter cada tanto sino con la simulación que Tancredi explicaba a su tío Fabrizio. Para que todo siga como está, es necesario que todo cambie. Ahora las clases presenciales son buenas, no es verdad que la movilidad de padres contribuía a la expansión del virus y resulta bueno ampliar la apertura comercial en pleno invierno. Lampedusa describió a otro de sus personajes con otra frase célebre: "Su orgullo es mucho más grande que su miseria". Al ministro de Educación Nicolás Trotta le cabría la misma frase pero al revés: "Su miseria es mucho más grande que su orgullo". Dijo que se abría la presencia en las aulas justo antes de que Alberto la anulara y ahora, que estaba defendiendo la virtualidad, le abren las escuelas por razones electorales. Y sigue en su puesto. Gran capacidad de adaptación, Lampedusa puro. Esta semana reapareció Cristina en la inauguración de una obra que no está terminada pero reconoció que la había empezado el gobierno anterior, raro en ella. Cristina sabe comunicar, apela a los sentimientos y en su reaparición preocupada después de leer los últimos números de las encuestas, casi lloró al mencionar a los muertos y en seguida aplaudió la gestión de Kiciloff, el gobernador que tiene uno de los más altos índices de mortalidad del mundo. A cualquiera le hubiera costado decir ambas cosas en el mismo discurso. No a ella, es buena. Las encuestas urgen cambiar. La combinación de su imagen personal con los índices de la realidad, asustan, sobre todo en provincia de Buenos Aires, donde se dará la batalla del 40% del electorado. Los números de imagen y gestión dan mal y no es un problema de comunicación, tenemos indicadores como pobreza por encima del 40%, desempleo real y por desaliento entre el 14,7 y el 28,5%, inflación proyectada a más del 50%, caída del consumo, deuda a punto de caer en default, un problema sanitario con muertes e infecciones que no ceden, escuelas cerradas, el comercio en estado terminal, la industria con alta capacidad ociosa y disgregación de la toma de decisiones en varias manos. Puede que el espejo esté reflejando algo demasiado parecido a la realidad. Peor cuando el gobierno nacional, médico que debiera proveer los remedios y vigilar el tratamiento del enfermo, se distrae como Narciso, esa flor que se inclina sobre las aguas para mirar su propia belleza y se siente infalible sin atender lo que ven los demás. Un leve repaso por la agenda legislativa nos da esa idea. Más aún cuando los medicamentos para afrontar la multiplicidad de dolencias requerirían un tiempo de aplicación superior al septiembre de las elecciones primarias. ¿Será suficiente la vacunación masiva para llegar con posibilidades en tres meses? Para ese entonces la acumulación de consecuencias de la gestión de la economía, la inseguridad, la educación y la ausencia de vida social será enorme y competirá con el eventual éxito en el tema sanitario. El gobierno insiste erróneamente en pedir crédito por lo malo ya ocurrido en lugar de alentar alguna esperanza sobre el porvenir. Con gesto autoritario nos pide que aceptemos que está bien lo que nos consta que estuvo mal. Esa aprobación no va a ocurrir, así no se podrá cambiar la imagen y mucho menos el diagnóstico de enfermedades graves y crónicas como la deserción escolar y el desaliento de inversiones y expectativas. En los días que vienen habrá intentos de más demagogia, como declarar a Buenos Aires zona fría para subsidiar el consumo de gas a un distrito que no conoce la nieve. Maquillaje, cambiar todo para que nada cambie, sólo para ganar las elecciones y mantener el poder. Bien a lo Tancredi, gatopardismo en estado puro.
