El papa Francisco, cada vez más preocupado por las desigualdades sociales que castigan a los pobres, aprovechó la recordación del Día Internacional de la Alimentación para hacer un llamado a los gobiernos y sectores dominantes para atacar con firmeza y celeridad al hambre y la malnutrición que crece en el mundo.

El pontífice argentino recordó que la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, aprobada recientemente por las Naciones Unidas -renovado intento para superar la frustración del programa del milenio-, debe constituir un llamamiento para que no se quede sólo en un conjunto de reglas o de posibles acuerdos. Sostiene que se inspire en un modelo diverso de protección social, asumiendo los gobiernos y las instituciones su responsabilidad ya que "son personas, no números, y reclaman que las apoyemos, para poder mirar el futuro con un mínimo de esperanza”.

En una nota dirigida al director general de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), José Graziano da Silva, Francisco recuerda que no obstante los esfuerzos realizados por ese organismo, son millones de personas las que padecen hambre y malnutrición debido a la distribución inicua de los frutos de la tierra. Apunta concretamente a quienes buscan afanosamente el beneficio, mediante la concentración en intereses particulares y los efectos de políticas injustas que frenan iniciativas nacionales o impiden una cooperación eficaz en el seno de la comunidad internacional, por lo que la seguridad alimentaria es una meta lejana para muchos.

En esta emergencia global el Papa dice que habla como portavoz de las arduas preocupaciones de los tantos agricultores y campesinos que ha conocido y escuchado durante sus viajes y visitas pastorales y se pregunta si "¿es aún posible concebir una sociedad en la que los recursos queden en manos de unos pocos y los menos favorecidos se vean obligados a recoger sólo las migajas?".

Por eso lamenta que se asista a menudo "mudos y paralizados" a situaciones que no se pueden vincular exclusivamente a fenómenos económicos y critica la que ha denominado "cultura del descarte" con la exclusión de personas. La autoridad de Bergoglio en este tema es irrefutable: pertenece a un país productor de alimentos y conoce de cerca la marginalidad social.