"Sacó en el camarín sus afamadas cartas, las desplegó en una mesita y en la cara nos contó su amor por los espejismos…".

 

"No se puede hacer más lento", decía sentenciosamente este hombre de fino estilo. Tuvimos la fortuna de compartir camarín con él. Persona amable, refinamiento de modales, educación que le salía por los poros y sobre todo personalidad. Por existir una gran diferencia, nos acordamos de nuestro encuentro con Chasman y Chirolita, en idéntica situación. Este era todo lo contrario, en la intimidad un hombre parco, sumamente callado, aunque cordial, diría triste, mientras que el gran ilusionista era comunicativo y no podía evitar mostrar su arte incluso en los momentos inmediatos a su actuación. Sacó en el camarín sus afamadas cartas, las desplegó en una mesita y en la cara nos contó su amor por los espejismos, esos trucos que uno puede palpar a pocos metros y de los cuales no se sabe más que su misterio maravilloso.

Héctor René Lavandera, su nombre; para el público René Lavand, nació en Tandil. Para mostrarlo de cuerpo entero, merece citarse la referencia que sobre él hace, merecida y certeramente, Wikipedia: "Otros conceptos clave de su arte son "añadirle belleza al asombro" y la búsqueda de "la belleza de lo simple". Lo primero lo consiguió a través de los cuentos, poesías y música que utilizaba en sus presentaciones. Y lo segundo, llevando sus movimientos, gestos y palabras a lo esencial, logrando así un mayor asombro y disfrute por parte de los espectadores. La ilusión en la que más lo consiguió es -según sus propias palabras- "Las tres migas": en ella, tres migas de pan aparecen una y otra vez dentro de un pocillo de café, a pesar de haber sido claramente arrojadas fuera de la mesa…"

"No se puede hacer más lento", enrostraba con donaire y buen orgullo al público, mientras manejaba dominante el maso de cartones coloridos que fluían de sus manos como bandadas de sueño; y lanzaba a los ojos ávidos del público una ilusión diseñada por sus gestos elegantes, a la cual le daba un ritmo rayano con lo ostentoso y bellamente insolente. Había perdido parte de un brazo en un accidente y siempre tenía esa manga en un bolsillo.

Fue un arquetipo en lo suyo. Nadie pudo distinguirse tan magníficamente en el manejo asombroso de las cartas y el desaire cordial que sus ilusiones generaban en la emoción del público. Su voz pausada y áspera contrastaba con la ternura de sus movimientos y la simpatía que colectaba de su auditorio. Su mirada profunda construía incógnitas que él se encargaba de atropellar con ilusiones a la mano; nos ponía a su lado como cómplices de ensueños, nos halagaba con la música y el poema que acompañaba su arte y nos invitaba al mundo casi esencial de la imaginación.

Señor René Lavand: que sus manos prodigiosas sigan barajando por ahí firmamentos de colores y acorralen las tristezas en bien de la belleza.