Con mayor asiduo la soledad está siendo considerada en todo el mundo como un serio problema de salud pública que merece ser atendido estructuralmente. En los países donde este fenómeno se observa con mayor preocupación, se están desarrollando programas dirigidos a mitigar la soledad tanto en ciudades populosas como en pueblos, donde se creía que este mal no tenía los mismos efectos.
El alerta llega al extremo que en algunos Estados europeos las brigadas de bomberos están siendo instruidas no sólo para que inspeccionen las viviendas por seguridad contra incendios, sino para buscar signos de aislamiento social.
Investigadores del tema han encontrado pruebas, cada vez más concluyentes, que vinculan la soledad con enfermedades físicas así como con un declive funcional y cognitivo. Se ha llegado a la conclusión de que como indicador de muerte prematura, la soledad está por encima de la obesidad. Ha quedado demostrado que la soledad afecta varias funciones corporales claves, a la vez que puede elevar la presión arterial y afectar el sistema inmunológico.
La tendencia a nivel mundial indica que una de cada tres personas, entre los 65 y 85 años, viven solos, lo que motiva a que desde el sector público, instituciones privadas y voluntariados se hayan comenzado a implementar acciones para enfrentarse a la soledad.
Actualmente en todo el planeta se hacen ingentes esfuerzos para mitigar este fenómeno, que avanza en la medida de la mayor expectativa de vida que tiene el ser humano. Hogares de ancianos, albergues, cobertizos y otros recursos surgen como alternativas para que la gente mayor evite el sentimiento de soledad y nuestro ámbito no debe estar ajeno a esta situación que afecta a numerosas personas.
