Hay realidades que nos unen e igualan más allá de nuestras convicciones. Una de esas realidades tiene que ver con nuestra biografía personal, con nuestro inicio. Y es que un día, todos fuimos un niño por nacer, todos fuimos así de frágiles e indefensos. Ahora bien, el nacimiento es un jalón en la historia personal, pero para llegar a ese momento hemos de remontarnos necesariamente al instante de la concepción. El nacimiento no es un acontecimiento que suceda por generación espontánea. Todo lo contrario. Es el culmen de un proceso continuo y gradual, coordinado por el genoma humano. Especie de memoria que posee la información esencial para su realización progresiva y autónoma. Es continuo porque estamos frente al mismo individuo que va adquiriendo su forma definitiva. Si este proceso se interrumpiera, se produciría la muerte del individuo. Es gradual porque el embrión humano va pasando de formas más simples a formas cada vez más complejas. En este proceso, el embrión mantiene permanentemente su identidad e individualidad. Este proceso por el que hemos atravesado todos, no está ejecutado a instancia de los órganos de la madre. Se trata de un nuevo individuo de la especie humana, que se desarrolla en forma autónoma, siguiendo su propia información genética. Somos únicos e irrepetibles, nos recuerda la filosofía. Pues bien, la ciencia ha confirmado que el embrión humano es un nuevo individuo de la especie humana y opera como tal desde la fecundación. El nacimiento, además de ser un hito en nuestra historia personal, actúa como concepto identitario, en cuanto ratifica nuestra identidad e individualidad.

UN DÍA PARA CELEBRARNOS

El 25 de marzo de cada año fue declarado por Decreto 1.406/98 como el "Día del niño por nacer". La finalidad es celebrar la vida, promover una cultura de defensa de la vida inicial, y propiciar la reflexión sobre el rol insustituible de la mujer embarazada y de la vida humana que porta en su seno. Es un día para celebrarnos, sabiendo que si llegamos a ese día es gracias a todo ese proceso que le antecedió. La fecha coincide con la Fiesta de la Anunciación, una celebración del culto católico, pero que incluye a todos. El día del niño por nacer excede cualquier diferencia, porque todos, fuimos algún día, ese niño. Feliz iniciativa la de esta conmemoración. Porque, así como todos los hechos relevantes del género humano merecen una fecha recordatoria en el calendario, ¿por qué no habría de tenerla la etapa donde comienza a escribirse la historia de cada uno? Paradójicamente, el momento donde la persona es más vulnerable e indefensa y requiere de mayor protección. Por eso, cada 25 de marzo es indispensable hacer visibles sus derechos y la inalienable dignidad que tiene todo ser humano más allá del estadio vital en que se encuentre. Un día que nos debe interpelar a un mayor compromiso con la vida y las situaciones de vulnerabilidad de aquellas mujeres en riesgo de aborto. Un día en que no juzgamos decisiones ni levantamos dedos acusatorios. No es lo que aprendí cuando ya grande abracé al cristianismo. Más bien son momentos para escuchar, acompañando procesos de arrepentimiento y sanación. Un día para recordar a aquellos, que como dice Juan Carlos Baglietto: "No pudieron llenarse la boca de voz" (Era en abril, 1982). Desde la fe, un día para rezar por nuestros hijos que no pudieron nacer. Un día, en definitiva, para renovar nuestra inclaudicable defensa de la vida naciente.

 

Por Miryan Andujar
Abogada, docente e investigadora
Instituto de Bioética de la UCCuyo