El mal no nació con el hombre como rezan infinidad de códigos y grafías. Tampoco es producto ni consecuencia del evolucionismo como suele afirmarse. La Creación no incorporó la dualidad del bien y el mal en su conciencia. Como criatura privilegiada de lo creado, el Hacedor le hizo a su imagen y semejanza, colmado de lo que en Él reina de infinita bondad y amor. Ese hombre del Génesis hecho para el bien, dotado de voluntad para elegir no midió la consecuencia al atentar contra la esencia constitutiva de su naturaleza incorporando en sí mismo, desde su curiosa avidez, un conocimiento vedado a cuya integridad humana racional ciñó de dualidad la existencia de la vida en el planeta. Desde ese tiempo, el hombre arrastró inclinaciones negativas que no ha logrado superar y que dificultó la relación humana creando supremacías, desigualdades e inequidades que bañaron de infelicidad la vida de relación. En esa constante de supremacías creadas por el hombre, podríamos preguntarnos dónde quedó en el tiempo el Pater Familias que tenía poder de vida o muerte sobre su esposa, sus hijos y sus esclavos los que estaban -sub manu- bajo su mando. Más allá de los interrogantes, la racionalidad y el humanismo atemperaron la ley, pero fue necesario que muchas horas de dolor acumulasen días y milenios. Así la "Potestas” y la "Autoritas” sufrieron el debilitamiento que deviene de la lógica de la vida que promueve necesariamente la relación humana bajo otras circunstancias que fueron conjugando a partir de principios morales, religiosos y políticos el predicamento que construyó en el tiempo el concepto más significativo referente al hombre al considerarle persona. Ese ser valorado con excelsitud ha merecido la más acabada definición al elevarle a la jerarquía de persona humana, en el reconocimiento que posee una dignidad inherente al ser pero que deviene de lo Alto. Sin embargo, no ha sido suficiente y a modo de reflexión, se advierte que la opresión, siempre desmedida, se transformó, sin duda, en uno de los males más graves que soportó la humanidad a lo largo de la historia, manifiesta en todos los órdenes y actividades en la tierra. La opresión, mal intrínseco de las sociedades y de los Estados del mundo, sigue hoy denigrando la relación humana en cualquiera de sus formas. En medio de ella, la familia no ha podido sostenerse siempre en sus principios y valores.

En un afán por descubrir el nuevo sujeto social del presente contemporáneo -al medir la última centuria y a su vieja generación que hincó sus bríos en ella-, se observa hasta dónde trepó su asombro por cuánto cambió -de pronto- la sociedad que les dio cobijo a ellos en el pasado próximo, cuyo marco de convivencia de su infancia y adolescencia generó una relación diferente. Relación muy diferente de la que a regañadientes, con edad adulta hoy, deben soportar y tolerar en este presente compartido de su existencia con la propia descendencia, que arrimada a la nueva etapa posa su simiente adolescente perturbadora. Tal es la etapa reciente donde las nuevas generaciones de adolescentes, constructores de un perfil demasiado propio, apuran a los llamados "viejos” que se cuelgan como furgón de cola a un tren que transcurre demasiado rápido y al que no todos pueden subir. A la constante histórica de la opresión, se suma una imagen contradictoria que distorsiona el ejercicio de la autoridad. Esos "viejos”, sin el tilde que impregna la sabiduría; sin la autoridad suficiente y necesaria; sin el rol protagónico que toda sociedad les requiere para la idónea y armoniosa construcción del devenir; sin constituirse en guía eficiente de su progenie, no son otros que los padres que fecundaron la nueva prole. Mientras tanto, la evolución presiona cambios a una velocidad abismal, sorprendente que amenaza la existencia del maestro porque no genera el discípulo. Los mayores, que se supone son los adultos de la historia, deambulan cabizbajos, con apariencia vencida por la adversa realidad no querida ni imaginada cuando en otro surco de su tiempo anhelaron lo mejor para sus hijos. Una lógica claudicante les atrapa superados por el pensamiento elaborado desde el sentimiento, desde lo sensible, y en torno a la azarosa vida el corazón compungido sostiene presta una lágrima de asentimiento, con la triste expresión del hombre caído, ganado por la impotencia más que por convencimiento, ya que termina aceptando como un determinismo que el diálogo con las nuevas generaciones no tiene caso ni razón. En su impotencia de padre sin ejercicio, parangona que la vida anterior no sólo difiere tangencialmente, sino que la percibe alterada en sus modos y diferenciada en sus formas. ¿El desenlace generacional quebrantó la consecución natural de la existencia o descansa en la responsabilidad de los mayores la construcción de la sociedad para nuestros hijos? A modo de autocrítica, esos viejos y esos padres somos muchos de nosotros, imagen y realidad viviente de estos cien años a quienes nos pesa cargar con la adultez por ese reproche propio y ajeno desde la sociedad que legamos sin el ejercicio de la autoridad necesaria para encausar la vida de esos hijos, nuestros hijos.