Si al momento de vender un producto de nuestra cosecha o un servicio personal alguien nos pagara con un cubito de hielo, una vez recibido tendríamos que salir rápido a entregarlo a otra persona antes de que se derrita. Antes, habremos deducido que en el camino algo de todos modos se perderá, deberemos precisar cuánto para pedir a nuestro cliente una cantidad equivalente que agregaremos al precio. Así compensaremos la eventual pérdida que trasladaremos a nuestro comprador. Por las dudas, algo más, si alguien tiene que perder, que no sea yo. Es lo mismo que pasa con nuestra moneda, va perdiendo su valor con el tiempo como si se tratara de un cubito de hielo, los precios van incorporando ese cálculo de pérdida para no disminuir el capital original del comerciante y todo va a parar a una interminable inflación que, a medida que la velocidad de ese derretimiento avanza, su aceleración es mayor.

La moneda debe poder cumplir la función de poder guardarse por tiempo indefinido. 

El fenómeno se alimenta a sí mismo, es su propio combustible. Una moneda debe cumplir ciertos requisitos para ser tal, el básico no desgastarse, ser inalterable, por esa razón se fue buscando a través del tiempo metales preciosos, oro, plata para los valores más altos. Otra característica de una moneda es que debe ser fraccionable, divisible en muchas partes para poder cumplir con una de sus principales funciones, la de servir para las transacciones comerciales grandes y pequeñas. Debe permitir establecer valores relativos entre las cosas, algunas costarán más otras menos y, finalmente debe poder cumplir la función de reserva de valor, poder guardarse por tiempo indefinido hasta que el poseedor decida qué hacer, gastar, invertir, heredar.

La baja de categoría no ayuda a la credibilidad que pudiera tener nuestra moneda. 

Durante mucho más tiempo del que llevamos usando el papel moneda, se tomaron como elementos de transacción algunos productos que reunían algunas de estas propiedades, el tabaco era fraccionable al infinito y se usó, pero tenía el problema de cómo establecer su calidad y era difícil de guardar. El aceite, también fraccionable pero un tanto difícil de conservar, la sal, de donde viene la palabra "salario", fácil de dividir pero fácil también de alterar, un poco de agua bastaría para destruir un capital. El problema siempre estuvo en la reserva de valor, cómo guardar ese bien sin deterioro. Es lo que pasa con nuestro peso y su relación con otras monedas o con las cosas, cada día hacen falta más billetes para adquirir lo mismo. El billete, eso que físicamente no es más que un papel pintado con alguna figura que se calcula respetable (aunque en los últimos tiempos se ha considerado con piedad que era mejor preservar la imagen de los padres de la patria sustituyéndolos por animales), no es más que la representación de algo que alguna vez estuvo depositado en un lugar "seguro" llamado Banco Central, reservas de oro. El oro venía a ser la verdadera moneda representada por un pagaré con el cual uno podría ir a ese Banco y reclamar el correspondiente "peso" en metálico según la cantidad que se leyera en el papel. Eso dejó de ser así hace 50 años, desapareció el "patrón oro". Hoy la garantía de que ese papel pintado vale algo es sólo la firma que está en su parte baja, en este momento Mercedes Marcó del Pont y Sergio Massa o Cristina, según el monto del billete. La reciente baja de categoría de la calificadora Morgan Stanley no contribuye a la credibilidad que pudiera tener nuestra moneda. Standalone, país autónomo, vendría a ser igual que reconocer que un club de fútbol existe pero que no está inscripto en ningún campeonato reconocido de modo que no se puede calificar su categoría.

Nunca estuvimos tan abajo, no puede atribuirse a gobiernos anteriores, Alberto lo hizo.

Están los mercados desarrollados, los emergentes, los de frontera y los standalone, aquellos en que lo único que se puede reconocer es que están de pie, como un niño que aun no aprende a caminar pero ya abandonó el gateo, se sostiene en sus piernas. Nunca estuvimos tan abajo, esto ya no se puede atribuir a gobiernos anteriores, Alberto lo hizo. Esta semana el "peso" se derritió 10 por ciento en tres días, el dólar rondó los 170. La liquidez del pago de aguinaldo más los vencimiento que Tesorería tiene por bonos que vencen, acompañan la sugerencia del Presidente de que no vale la pena invertir en terrenos para dejar a los hijos, paso previo y necesario para apuntalar la construcción. No hay en qué ahorrar, así que todos corremos a cambiar esos cubitos de hielo por algo más sólido antes que se derritan: alimentos no perecederos, ladrillos, moneda extranjera. No hay muchos elementos para suponer que el valor del dólar se detenga o pueda bajar, no parece haber en estudio ninguna medida de estabilización que pudiera poner un freno o por lo menos cortar la aceleración de estos días. El colmo es que todo se está dando en la época en que se produce la mayor liquidación de exportaciones de granos, en condiciones normales nuestra moneda se debería apreciar y el dólar bajar. Trágico también es que los sindicatos cuenten como un éxito un buen aumento de cubitos de hielo en los sueldos antes que vigilar por la mejora del poder de compra, su salario real. Seguimos aumentando el calor para que los cubos se derritan más rápido.