Por los caminos del propio ensueño que su quimera de pintor imaginara, se fue hace poco Luis Oscar Suárez Jofré ("Polo" para todos), artista plástico excepcional, que nos honra desde siempre. Por esos rumbos andará prestigiando los colores y la clarividencia. Su mano hacedora seguramente sigue por allí fundando dibujos incomparables. ¡Quién podrá parar semejante vertedero de luces!
Allá por el año 74, cuando compusimos nuestro vals: "Romance de mi niñez", tuvimos la osadía de pedirle un dibujo para la portada de su grabación, y él lo hizo casi de inmediato, esclarecido por ese rayo que asiste a los talentosos, protegido por esa humildad que distingue a los grandes
Poco antes de morir tan inesperadamente, regaló a San Juan una exposición de dibujos, acuarelas y collages, que lo presentaba total, definitivo, entero, desde todo y desde siempre. En ella es atravesado de azules y sangre por ésa su obra monumental que lo exhibe completo y triunfal desde su postura de hombre sencillo como imponente.
Suárez Jofré nos sorprende a cada paso. Cuando dibuja o pinta una mujer, puede decirnos todas las mujeres a la vez, o una que sólo él es capaz de pronunciar, y que en ella se autoalimenten sus deseos, sus ausencias, sus colores, sus formas y dolores. Una obra suya no es jamás un grito lineal y único varios clamores salpican el papel agraciado por sus trazos. La imagen prodigiosa de seres humanos, puede desdoblarse en rostros extraños, inusuales, sólo factibles en los sueños febriles, pero posiblemente sólo encontrados por "Polo". Se han visto hombres desdoblados en sombras; mujeres recostadas en lunas y soledades que se desperdigan en infinidad de seres que las reflejan. Para poder decir todo esto y mucho más en un dibujo, es necesario nacer y morir constantemente, mirar y crear constantemente, ser lumbre y hombre carnal; tutearse, pues, con los extremos más decisivos de la vida. Por eso "Polo" Suárez Jofré se nos ha resbalado un instante hacia el celeste infinito, para desde allí pintar un cielo de golondrinas que parecen morir, una ronda de muchachitos que parecen llorar, un volantín que parece escaparse, pero que en el pecho inaudito del artista indoblegable recuperan el soplo de la fertilidad, y renacen, renacen constantemente, sueñan, estallan en formas febriles, viven constantemente.
