"Está claro que el puente no se construyó para ser una vía más accesible de paso; sino un lugar de entretenimiento, de encuentro, un mirador urbano…". 

Hace un tiempo se inauguró el "Megapuente de la Ciudad de San Juan". Mientras lo construían, pensaba, qué utilidad podía tener un puente que atravesaría la Avenida Central para vincular el Centro Cívico con la Plaza del Teatro del Bicentenario: dos estructuras que se encuentran una al lado de la otra, tan solo separadas por una calle que, si bien es avenida, no ofrece demasiadas dificultades, sin contar con que, además, tiene semáforo. 

Conduzco esta noche por Avenida Central, torturándome con pensamientos sobre el motivo de la existencia; de cómo hace uno paras sobrevivir a este sin sentido de nacer, crecer y morir sabiendo, en esencia, casi nada… la luz roja del semáforo me obliga a detenerme en Las Heras, justo frente al puente. Admito que es una construcción llamativa; en forma de arco, toda de acero, con estructuras tubulares, que se ilumina de azul al atardecer. Pero ese no es el punto. 

La calle es ancha, si, pero tampoco es la 9 de Julio porteña. De primeras, no me queda claro cuál es el obstáculo que el puente intenta salvar. Decido estacionar para explorarlo; después de todo, la gente que pasea y se asoma por las barandas parece entusiasmada. 

Encuentro rápido un lugar donde dejar el auto, sobre Las Heras, al lado del teatro. Camino por la orilla de la plaza, alargando el cuello y entornando los ojos, intentando encontrar el acceso al puente. Descubro que la construcción no se apoya sobre la acera sino que hace una curva insertándose en el interior de la plaza. Por lo que, si estuviera apurada, el puente no me ayudaría, ya que hay que caminar varios metros extra para poder tomar la rampa de acceso. Subo la pendiente de cemento con un poco de esfuerzo; es más empinada de lo que esperaba, otro motivo por lo que no usaría el puente… ¡salvo que quisiera hacer gimnasia! 

Finalmente, me encuentro caminando sobre la pasarela. Piso entablonado de maderas y bancos ubicados a lo largo. La encuentro alegre, cálida. La gente se saca fotos, toma mate y conversa, los jóvenes se encuentran y los recién casados dejan en una foto sus pasos por el puente. 

Está claro que el puente no se construyó para ser una vía más accesible de paso; sino un lugar de entretenimiento, de encuentro, un mirador urbano. Todo bien, pero espero mucho más de un puente. Qué se yo… que me permita sortear una enorme depresión o quizás una gran masa de agua, que me conecte con algo que no puedo ver desde donde estoy, que me revele una faceta diferente… no sé. Me tomo de la fría baranda y contemplo los edificios y vehículos, las luces difusas y el horizonte oscuro; cierro los ojos y me aferro con fuerza. Las voces y los ruidos se vuelven lejanos. Una ráfaga de viento me roza la cara; respiro hondo y me siento más liviana. Disfruto… súbitamente se cuela un mensaje; "¿Habrá que encontrar siempre un sentido práctico a las cosas? ¿Un sentido más útil que el mero sentido de sentir? Quizás esto baste… quizás dejar de pensar…". Abro los ojos y todo vuelve a ser igual, excepto yo. 

Regreso al auto, absorta. Arranco y enciendo las luces, mientras tarareo algo de Cerati: "Adorable puente…" gracias por venir. Después de todo, esta construcción ornamental sí ha sido un puente para mí. 

 

Por Guadalupe Martín