Nuestra demanda generalizada por la seguridad también se reclama en otros países, sólo en la Argentina hasta hace unos años no existía la gran preocupación que se ha transformado en drama. Ahora palpamos la inseguridad, que la multiplicación de los crímenes sin previas especulaciones es algo constante, que la sorpresa golpea todos los días.
Así y todo hay quienes sostienen que parte de la inseguridad, la que se refiere a los jóvenes más agresivos, está impulsada por mayores cuyos rostros no se conocen lo cual revelaría una deformación social importante.
¿Se aspira a corregir ésto? No se sabe, pero deberían surgir personas, grupos e instituciones, dedicadas a encausar a los más jóvenes porque cada uno de ellos es una persona, un ciudadano en potencia, un soñador de cosas nuevas, un futuro hacedor. Los jóvenes casi tienen derecho a ser indiferentes porque no ingresarán a un mundo lindo, ni prometedor, ni divertido. No, las dificultades están en este momento en torno de todos los hechos posibles, en tanto el sentido de la autoridad se perdió bastante y existe una sensación generalizada de derrumbe.
Se deberían abrir nueva expectativas para estimular a una gran juventud moralmente sana. Es el porvenir y la garantía de que muchas cosas pueden cambiar. No hay que dejarse afectar por lo que se ve exteriormente, hay que ver qué pasa detrás de la escena diaria para poder sentir la verdad que aflora cuando las intenciones son correctas.
A veces, no son de utilidad tampoco las famosas estadísticas porque sintetizan situaciones, no las analizan. Las estadísticas son el pantallazo de situaciones vivientes que pueden afectar a muchos pero que pueden ser poco comprendidas. No hay dudas, entonces, de que la inseguridad pasó a ser el reclamo general de la ciudadanía argentina, pero tampoco hay dudas de que el país tiene las suficientes reservas para solucionar esta situación.
En estos días de un año nuevo, mucha gente evocó la tranquilidad normalmente compartida y se propuso reconquistarla. Al fin y al cabo se trata de conductas, de emergentes socio-culturales que caracterizan la vida de una nación y también del destino de un grupo humano que lentamente se acostumbró a ver la vida a su manera. No se le puede cambiar las reglas de juego a ese grupo humano, lo cual no quiere decir que no esté capacitado para vislumbrar lo nuevo.
