El sobreviviente de las masacres en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), Carlos Lordkipanidse, explicaba en una reciente declaración que los marinos llamaban ‘asaditos’ cuando los prisioneros que morían durante las torturas eran cremados en una parrilla. Ese lugar de detención fue el mayor emblema de la dictadura, cárcel clandestina y patíbulo entre 1976 y 1979, por donde pasaron más de 5000 detenidos.
El informe de la Conadep entendió que ese era además, el lugar en el que funcionaba el eje operativo de una compleja organización que incluso posiblemente pretendió ocultar con el exterminio de sus víctimas, los delitos que cometía. Para cualquier argentino, ese predio no es un ámbito destinado al esparcimiento. No es imaginable que se pueda brindar y comer allí donde se evoca la tortura, la desaparición y la muerte.
Ese sitio evoca la memoria, para que los argentinos recordemos nuestra historia, sin olvidar el mal, y de ese modo evitar repetirlo. No se debe ignorar que el ex presidente Néstor Kirchner impulsó una fuerte política en defensa de los derechos humanos. Fue él quien dispuso quitar del predio de la ESMA a todas las dependencias donde funcionaban hasta entonces institutos de enseñanza de la Armada y convertir el lugar en un espacio destinado a la reflexión y a la memoria.
También declaró el 24 de marzo feriado nacional, buscando que ese día fuera un día de recogimiento. De ahí que no quiso que la fecha pudiera ser ‘feriado móvil’ para evitar su uso con fines turísticos. No obstante, en 2010 se dictó un decreto de necesidad y urgencia estableciendo la posibilidad de fijar ‘feriados puente’ que permitieran alargar los fines de semana para promover el turismo. Utilizando esa normativa, en 2011 se posibilitó que uno de esos feriados convirtiera en fin de semana largo de cuatro días la recordación del 24 de marzo, transformándolo en esa oportunidad en fecha de esparcimiento colectivo y feriado turístico.
Resulta inimaginable que Néstor Kirchner hubiera permitido hacer reuniones de camaradería o festejos en donde miles de argentinos padecieron la tortura o encontraron la muerte, como también cuesta imaginar que Auschwitz o Dachau se pudieran convertir hoy en sitios de festejos. El dolor humano y la muerte son siempre sagrados y por lo tanto merecen el debido respeto.
