Hoy no se celebra Misa en ningún templo católico. La atención se centra en el misterio de la Cruz. La adoramos porque en ella estuvo colgado el cuerpo humano de Jesús, verdadero Dios. La manchó con su sangre redentora y en ella le fue dado el sentido pleno a todo dolor humano. En ella contemplamos la desnudez del amor supremo, con sus brazos extendidos sin retener nada para sí, y con el corazón abierto como expresión de que lo ha dado todo donándose a sí mismo. Actualmente la cruz ya no se presenta a los fieles en su aspecto de sufrimiento, de dura necesidad de la vida o incluso como un camino para seguir a Cristo, sino en su aspecto glorioso, como motivo de honor, no de llanto. El evangelio habla de la cruz como del momento en el que "el Hijo del hombre ha sido levantado para que todo el que crea tenga por Él vida eterna”. Ha habido, en la historia, dos modos fundamentales de representar la cruz y el crucifijo. El modo antiguo, que se puede admirar en los mosaicos de las antiguas basílicas y en los crucifijos del arte románico, es glorioso, festivo, lleno de majestad. La cruz, frecuentemente sola, sin el Crucificado, aparece constelada de gemas, proyectada en un cielo estrellado, y bajo ella la inscripción: "Salvación del mundo”, como en un célebre mosaico de Ravenna. En los crucifijos de madera del arte románico, este tipo de representación se expresa en el Cristo que reina con vestiduras reales y sacerdotales desde la cruz, con los ojos abiertos, la mirada al frente, sin sombra de sufrimiento, sino radiante de majestad y victoria, ya no coronado de espinas, sino de gemas. Es la traducción del versículo del salmo: "Dios reinó desde el madero”. Jesús hablaba de su cruz en estos mismos términos: como el momento de su "exaltación”: "Y yo cuando sea levantado de la tierra atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32).
La forma moderna comienza con el arte gótico y se acentúa cada vez más, hasta convertirse en el modo ordinario de representar el crucifijo. Un ejemplo extremo es la crucifixión de Matthias Grünewald en el Altar de Isenheim. Las manos y los pies se retuercen como zarzas alrededor de los clavos, la cabeza agoniza bajo un haz de espinos, el cuerpo cubierto de llagas. Igualmente los crucifijos de Velázquez y de Dalí y de muchos otros pertenecen a este tipo. Los dos modos evidencian, un aspecto verdadero del misterio que hoy adoramos. La forma moderna -dramática, realista, desgarradora- representa la cruz vista, por así decirlo, por delante, "de cara”, en su cruda realidad, en el momento en que se muere en ella. La cruz como símbolo del mal, del sufrimiento del mundo y de la tremenda realidad de la muerte. La cruz se representa aquí "en sus causas”, esto es, en aquello que, habitualmente, la ocasiona: el odio, la maldad, la injusticia, el pecado. El mundo antiguo evidenciaba no las causas, sino los efectos de la cruz; no aquello que produce la cruz, sino lo que es producido por la cruz: reconciliación, paz, gloria, seguridad, vida eterna. La cruz que Pablo define "gloria” u "honor” del creyente. Hay que unir, a la forma moderna de considerar la cruz, la antigua: redescubrir la cruz gloriosa. Si en el momento en que se experimentaba la prueba, podía ser útil pensar en Jesús clavado en la cruz entre dolores y espasmos, porque esto hacía que lo sintiéramos cercano a nuestro dolor, ahora hay que pensar en la cruz de otro modo. Me explico con un ejemplo. Hemos perdido recientemente a una persona querida, tal vez después de meses de gran sufrimiento. Pues bien: no hay que seguir pensando en ella como estaba en su lecho, en tal circunstancia, en tal otra, a qué punto se había reducido al final, qué hacía, qué decía, tal vez torturando mente y corazón, alimentando inútiles sentimientos de culpa. Todo esto ha terminado, ya no existe, es irreal; actuando así no hacemos más que prolongar el sufrimiento. Hay que pensar en la persona querida como es ahora que "todo ha terminado”. Así hacían con Jesús los artistas antiguos. Lo contemplaban como es ahora, como está: resucitado, glorioso, feliz, sereno, sentado en el mismo trono de Dios, con el Padre que ha "enjugado toda lágrima de sus ojos” y le ha dado "todo poder en los cielos y en la tierra”.
Este Viernes Santo, Dios nos viene a enseñar que para él, el dolor no es motivo de indiferencia sino causa de solidaridad. Desde la Cruz silenciosa se hace realidad aquello que afirmaba el escritor italiano Dante Alighieri (1265-1321): "Quien sabe de dolor, todo lo sabe”. Dios no es Dios porque sólo sea omnipotente, sino porque es misericordioso. Muere perdonando: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Con sus brazos abiertos y la cabeza inclinada muere diciéndonos: "Mira que no te he amado en vano”.
