No soplan vientos a favor de la intangibilidad de la vida humana en los cantones suizos. Ya veíamos venir en el horizonte, este soplo de muerte.

Zurich no aprueba la prohibición del "suicidio asistido” en toda Suiza, ni la exigencia de un año de residencia en el país para los llamados "turistas suicidas”. Así lo decidió el 79 % de los votantes que acudió a sendos referendos locales este domingo 12 de junio pasado, según proyecciones referidas por la agencia de noticias suiza SDA.

El gobierno e importantes partidos suizos -desde los nacionalistas de derecha de la Unión Democrática del Centro (UDC) hasta los "verdes”- e incluso la Iglesia Evangélica Reformada de Zurich se niegan igualmente a tales prohibiciones. Personas ancianas y enfermas tendrían que tener derecho a determinar sobre el fin de sus vidas, coinciden las formaciones políticas.

Las rechazadas iniciativas contrarias a la eutanasia habían sido propuestas por el Partido Popular Evangélico y la igualmente cristiana Unión Federal Democrática, que consideran al suicidio asistido médicamente como una amenaza para los valores humanos y cristianos de la sociedad suiza. Las organizaciones advierten contra la presión para quitarse la vida a la que podrían verse sometidas personas mayores o necesitadas de cuidados especiales.

De hecho, el mundo pudo observar este pasado martes por medios televisivos el caso "Peter”, un hombre de canas blancas y con enfermedad degenerativa incurable, quien residente en Inglaterra, viajó junto a su esposa y se instaló en la clínica "Dignitas” de Zurich. Allí van turistas especiales de varios países del primer mundo, pero no para tranquilas y saludables aguas termales u otras bondades medicinales, sino para lograr la muerte "dulce” en breve tiempo y sin dolor. Peter murió junto a su médica y su esposa, frente a la cámara de televisión. Mientras su esposa lo miraba y acariciaba, bebió la muerte de un solo sorbo.

Ahora bien, la cuestión merece una reflexión que no se detenga en la corteza de las cosas sino llegue hasta la médula: ¿es moralmente bueno el suicidio asistido médicamente? Creemos firmemente que no. ¿No es que el médico cambia de "misión” al convertirse en un ejecutor de la voluntad suicida de su paciente? En la mejor tradición hipocrática, el médico existe como dador de vida, quien busca la salud o el medio para la salud de su confiado paciente. Por tanto, el personal médico y para-médico que ayuda a morir, aunque parezca superficialmente un bien, en realidad no lo es. Porque el hombre no es dueño de la vida sino su administrador responsable. De hecho, la vida no se la procuró a sí mismo sino que se descubrió existiendo en ella. Un regalo. Un don. Para el creyente, un don de lo Alto, de Dios autor de la vida. Cristo mismo desde la cruz redimió la vida, llenándola de sentido.

Además no vale el argumento de corte burgués: "soy dueño de la vida y hago con ella lo que quiero”. La vida no es una cosa, una mercancía o un bien de consumo. No podemos pensar con categorías de "propiedad privada” sin referencia social, sin mirar a otros. Obvio que la persona tiene derecho a morir "en la ternura”. Es lógico, pero esto lo manda el mismo precepto de la justicia de los hijos hacia sus padres y la caridad, virtud mayor. Pero no es ternura administrar la dosis letal conducente a un fin procurado por sí mismo.

La pendiente resbaladiza contra la intangibilidad de la vida está construida y transitada. La eutanasia es una mala forma de morir, porque se apodera de modo soberbio del cómo y el cuándo del morir humano. Y pensar que el instante final es el encuentro de dos libertades: la finita de la persona y la infinita de Dios Amor. Pero sólo a El le toca saber la hora precisa del llamado último a la otra vida. El enfermo terminal es "todavía”, persona humana con dignidad irrenunciable. La tecnociencia médica no puede olvidar su cometido terapéutico.