Desde 2005 hasta octubre pasado, cuando la crisis internacional se agudizó, el tipo de cambio promedio fue de $ 3,05 por dólar, variando apenas 7 centavos en cuatro años. En ese período, Argentina tuvo un crecimiento inédito de 25% (61% acumulado desde 2002), en condiciones óptimas: combinación de capacidad ociosa de los 90, sumada a precios récords de commodities.

En ese marco, el Banco Central contribuyó a aceitar el crecimiento, incluso cuando la inflación se disparó a comienzos de 2007. Sin embargo, entre las medidas para sostener la estabilidad financiera y las tasas de interés, se perdió una excelente oportunidad para moldear las expectativas para acostumbrar a los argentinos a un dólar fluctuante, como en los países avanzados, sin que presagie un colapso.

Ahora, la escalada cambiaria genera desconfianza, compras de divisas minorista y mayorista, salida de depósitos y fuga de capitales. También repercute en los precios generando inflación. Brasil, Chile o México tuvieron mayor fluctuación cambiaria sin estos riesgos. Es más, se prevé que el real y el peso mexicano serán las monedas de mejor desempeño en América latina en 2009. El Banco Central, como señaló Martín Redrado, busca un cambio de equilibrio frente a otras monedas, en particular del real brasileño, por las compras de productos argentinos.

Una devaluación gradual también tiene riesgos. Permite tantear la situación y hacer correcciones de prueba y error, pero da sensación de que el ajuste aún está por venir, más si las pizarras de las casas de cambio estuvieron estáticas durante varios años.