Mahoma, cuando regresó a La Meca desde Medina convertido en líder religioso, político, militar y económico de toda la península arábiga, no había estado prometiendo a sus ahora múltiples y variados seguidores una buena gestión. Se proclamó mensajero de un único Dios, Alá, llamado en otras tierras Yahvé o Jehová, el mismo Dios de los cristianos, verdad que le fue revelada en una cueva por el arcángel Gabriel y reconoció como antecesores a los profetas Ibrahím (Abraham) y al propio Jesús ubicándose a su misma altura como un ávatar más, al estilo hindú. Sus primeros dos conversos fueron su esposa, Jadiyha y su sobrino, Alí, de 10 años, quien para esa época había vivido el mismo tiempo que Mahoma se tomó para semejante conquista. 10 años, gran tarea de un analfabeto quien necesitó escribas que transcribieron sus visiones y enseñanzas al Corán.


Es más conocida por nosotros la historia del hijo del carpintero José y su joven esposa María, su origen humilde y totalmente alejado del poder, distanciado por generaciones de la casa de David, sin un peso para hacer campaña, rodeándose de pescadores y artesanos, gente de las márgenes de la sociedad y con un núcleo apenas de 12 amigos. Pudo construir un culto milenario y conquistar Roma sin un arma. Sus seguidores llegarían a entronizar reyes en el corazón del mundo y divulgar su credo hasta nuestros días en los países más remotos. Antes que él, un tartamudo, Moisés, ayudado solo por su hermano Aarón, quien habló en su lugar a los faraones egipcios, se animó a guiar durante 40 años a través del desierto a 450 mil almas, hombres, mujeres y niños, a organizarlos para llevarlos a la tierra prometida y a armarlos para la guerra con los Filisteos cuyo triunfo habría de ver Josué luego de cruzar el Jordán para derrumbar las murallas de Jericó con la sola presencia del arca de la alianza con Yahvé.


¿Qué tienen de común estos ejemplos de grandes líderes que dieron, cada cual en su tiempo, una dirección al mundo? La presencia de la palabra. La palabra es tal vez la más alta de las adquisiciones que ha sido capaz de desarrollar el ser humano. Se debe articular una serie de símbolos, ninguno de los cuales se asemeja a algo concreto de la realidad, que es una construcción para formar un conjunto que represente un concepto, luego una frase uniendo en armonía y a veces hasta con belleza, verbos, sujetos y demás componentes para armar un discurso, transmitir una idea, golpear un corazón, guiar una vida. En el presente electoral en Argentina se han perdido los grandes oradores que causaban admiración. Los sociólogos advierten que estamos volviendo al lenguaje concreto que nuestros pueblos originarios expresaron en las paredes de las cuevas. Es lo mismo que estamos haciendo en nuestros celulares con los simpáticos +emoticones+ para evitar el uso de la palabra, que requiere algo más de reflexión y mucho más de dedicación. ¿Será la razón por la que los políticos contemporáneos se restringen más a la imagen que al discurso? ¿Será esa la razón de la decadencia de la imaginación o la prueba de que no tienen nada que decirnos? ¿Es que no tienen en mente alguna utopía para entusiasmarnos y en lugar de prometernos la fantasía de un futuro feliz nos prometen pavimentos, cloacas, iluminación y otras cosas tan concretas como aburridas? +Contame una historia+ dice el tango de Eladia Blázquez, quien en esa breve frase está reconociendo que a veces una historia bien contada nos ayuda a vivir con esperanza porque los seres humanos somos sensibles y necesitamos que los líderes nos toquen el corazón, que nos mientan piadosamente que seremos felices, que ellos mismos se lo crean para podernos transmitir la vibración de una visión de futuro en que seremos todos hermanos y viviremos en paz. "I have a dream", tengo un sueño, fue la simple frase de Martin Luther King que disparó la igualdad racial en USA, otra vez la palabra.