Entendemos que el siglo XX fue probablemente uno de los períodos históricos que más recordará la humanidad. Avances tecnológicos y científicos sin precedentes, creaciones artísticas y culturales de lo más variado, desarrollo extraordinario en materia de transporte y comunicaciones, estos son sólo algunos de los logros que nos deja ese período que seguramente apasionará en el futuro a más de un historiador. Sin embargo, ese mismo momento de la historia fue el tiempo en el cual el género humano demostró su capacidad para perpetrar las perversas atrocidades que nadie jamás podría haber imaginado.

En ese contexto la "shoá", fue sin dudas la máxima expresión de la crueldad humana de la que el mundo ha sido testigo. El vocablo "shoá", que significa en hebreo bíblico "catástrofe" o "devastación", es contundente en eliminar todo intento de explicación de esta masacre. El plan genocida que se propuso aniquilar a la totalidad de la población judía de Europa junto con otras minorías como los gitanos, los testigos de Jehová, los homosexuales y los discapacitados mentales, lejos de ser un Holocausto (ofrenda de sacrificio que se quemaba a los dioses) fue un devastador asesinato de decenas de millones de seres humanos inocentes. Esta masacre, que se recuerda el 2 de mayo de cada año, no fue una guerra entre naciones, ni una lucha entre clases, ni tampoco una contienda política, sino un plan de aniquilamiento sistemático del "diferente" por el solo hecho de ser quien era. Los nazis propusieron eliminar una de las características básicas de todo ser humano que es su condición de igualdad ante su prójimo. En la lógica de esta perversa maquinaria no había seres iguales, sino seres superiores y seres inferiores que debían ser eliminados sin piedad.

La política exterior de los nazis fue guiada por la creencia racista que Alemania era biológicamente destinada a expandirse al Este por fuerza militar y que una población ampliada y racialmente superior debería establecer una autoridad permanente en Europa oriental y en la Unión Soviética. Aquí las mujeres tenían un papel importante. La política de población agresiva del Tercer Reich animó a mujeres "racialmente puras" a tener varios niños arios posibles. Dentro de este sistema, las personas "racialmente inferiores", como los judíos y los gitanos, serían eliminadas de la región. En el contexto de esta guerra ideológica, los nazis planearon y llevaron a cabo el Holocausto, el asesinato masivo de los judíos, que eran considerados el "enemigo racial" principal.

El tema que nos convoca, tiene que ver con la memoria y se encuentra asociada al profundo dolor y al espanto que nos produce el recuerdo de esta tragedia, que muestra hasta dónde puede llegar el ser humano en su capacidad de provocar el mal. Pero fortalecer la memoria no tiene que ver solamente con el pasado. También implica un compromiso con el futuro, porque no queremos que vuelvan el fundamentalismo autoritario, la xenofobia, la violencia y la intolerancia con el supuestamente diferente. No se trata sólo de evitar el horror, muy importante de por si, sino de promover entusiasmo y adhesión por los valores de respeto del diferente, del diálogo como forma de resolver el conflicto, del fortalecimiento de lo propio como camino para conocer lo ajeno.

Enseñar el Holocausto es un componente fundamental de una educación que permita a las nuevas generaciones aprender a querer vivir juntos. Educar en los valores éticos de la justicia y de la democracia significa ser capaz de evaluar contenidos y representaciones y de decir no. Debemos ser capaces de decir no a la discriminación, no a la injusticia social, no a la xenofobia, no a la violencia para resolver los conflictos.

También se vuelve necesario insistir en que no habrá paz mundial sin paz religiosa. No hay espacios ya para ninguna "guerra santa". Más bien hemos de favorecer el diálogo constructivo entre las religiones, bajo el común esfuerzo de luchar por la justicia y la paz.

Es por ello, y por mucho más, que la "shoá", no es ni debe ser un tema que ocupe a un grupo étnico o religioso, sino a la humanidad toda. El intento del nazismo por aniquilar al diferente fue un ataque perpetrado contra la dignidad del hombre en cuanto tal, y por lo tanto debe concernir a todas las personas sin distinción. El Holocausto será siempre una advertencia para todo el mundo de los peligros del odio, el fanatismo, el racismo y los prejuicios.

Ahora bien, podemos inferir que los seis millones de judíos muertos bajo el terror del nazismo se unen en un mismo grito a los millones que sufren hoy a causa de la injusticia social, el hambre, el terrorismo, el aborto, la explotación infantil. Así como Dios llamó a Moisés, nos convoca a nosotros hoy a ser instrumentos para la liberación de los otros. Judíos y cristianos, depositarios de la Revelación, queremos afinar los oídos para escuchar juntos ese clamor. Sólo así será posible la llegada de la plenitud mesiánica que tanto judíos como cristianos estamos esperando.