Primitivamente una mujer que deseaba perfumarse quemaba residuos, gomas, hojas que producían una especie de nube de humo que la envolvía. Por supuesto que estos aromas muy unidos a la naturaleza, persistían muy poco y dejaban flotando un olor a quemado reñido con la coquetería. De allí la palabra "’perfume”, originada en la voz latina "’per fumum” que significa "’a través del humo”. Después estos fueron sofisticándose a través de los siglos. Los griegos, los egipcios y sobre todo los romanos impusieron su uso, que generalmente evitaba la frecuentación higiénica del baño con agua y jabón. El máximo apogeo de fragancias suntuosas y persistentes fue alcanzada en Francia durante los reinados de Luis XIV y Luis XV, cuyos gobiernos quedaron en la historia como "’Las cortes perfumadas del Rey Sol Madame Dubarry”. Durante muchos años los perfumes siguieron siendo concebidos de una manera sofisticada; las mujeres más elegantes eran las que vivían enroscadas en una nube densa tan atractiva como infranqueable. Esta concepción de perfumes se mantuvo durante muchos años. Recién la revolución del siglo XX producida por los jóvenes ocasionó una seria modificación en los hábitos, las costumbres y las formalidades.

Intentan volver a la vida natural, recostarse sobre las hierbas, vestirse informalmente etc. Y la maquinaria industrial se puso en marcha. ¿Desean la naturaleza? Pues encerrémosla en un frasquito. Los buscadores del sol, los seguidores de la filosofía hindú, los adoradores del bosque o el agua de vertientes, pueden "’respirar” sus verdes, sus colores, su hechizo. Aparecen entonces el sándalo, el ámbar, la cananga, el jacinto y la madreselva, que representan sus rebeldías o inconformismo; así como todo se modifica o cambia, estos nuevos gustos parecen poner un estilo ingenuo, puro, oriental y naturista. Sus perfumes no son más que una de las posibilidades para integrarse a ese universo en el que reinan los sentidos que ellos sintetizan como el reino de "’sentir, ver y escuchar”. Se me ocurre que si de perfumes hablamos, hubiera sido interesante que el ser humano estuviese dotado de manera tal que en forma espontánea, exhalara de su cuerpo un aroma acorde con los actos que cometa. Por ejemplo: Una obra de bien, de caridad, de honestidad, de amor al prójimo serían suficientes para que se desprendiera de su cuerpo aromas similares a los más exquisitos perfumes franceses. Bueno, no quisiera imaginar cuál sería el aroma predominante en el medio ambiente si ocurriera lo contrario según están las cosas.

(*) Escritor.