En un comentario acerca de los "Estados de la educación", publicado por el Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (Cippec), se hizo referencia a 2008 como "el año de las oportunidades en suspenso", porque se desaprovecharon las condiciones favorables que había dejado el año anterior en materia financiera.
Con ese sustento presupuestario se podrían haber desarrollado acciones que apuntaran al mediano y largo plazo y concurrieran a la renovación educativa. Se señalaba que en la mayoría de las jurisdicciones faltó la decisión emprendedora de los gobiernos provinciales para encarar políticas de cambio. Además, mirando a 1993 y examinando lo que fue de la Ley federal de educación y de la reforma que propiciaba, el análisis resulta poco alentador. La exclusión y la desigualdad educativa provocan que cuatro de cada diez adolescentes de los últimos tres años del secundario cursen en un año inferior al correspondiente a su edad o hayan abandonado los estudios. En el otro extremo, la mitad de los chicos entre dos y cuatro años no están escolarizados en un jardín de infantes o en otros espacios educativos. Son los datos que forman parte del informe del Barómetro de la Deuda Social de la Infancia 2007-2008: Condiciones de Vida de la Niñez y Adolescencia, un programa de investigación del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica Argentina y la Fundación Arcor.
La pobreza es una causa clave en este penoso panorama. Mientras que un niño que pertenece al 25% más pobre tiene una propensión a no concurrir a un jardín infantil de un 68%, un par en el estrato el 25% más rico, registra una tendencia del 30 por ciento. Las experiencias de inclusión temprana en niños en situación de pobreza, en centros educativos de buena calidad, han evidenciado mejoras sustantivas en las medidas cognitivas y ha mejorado la probabilidad de que sean capaces de tener un rendimiento aceptable en la escuela, y evitar el fracaso escolar. La falta de escolarización tiene sus consecuencias: una de las mayores dificultades que presentan los niños de los hogares más pobres es que el 30% no puede escribir su nombre de manera autónoma, frente a un 5% en el estrato medio alto. No hay auténtica distribución de la riqueza si no hay distribución equitativa de la educación.
La distribución no puede ser un eslogan: necesita concretarse en las aulas, ya que como afirmaba Domingo F. Sarmiento, las escuelas son la base de la civilización.
