La mentalidad médica del siglo XX llevó al desconocimiento de los factores espirituales, en la causa, evolución y tratamiento de las enfermedades. La dimensión espiritual era concebida como fruto de la fantasía, y de la pura imaginación.
Investigadores de los años 70 comenzaron a registrar la relación entre fe religiosa y salud.
La simple asistencia a la iglesia o sinagoga muestra una importante disminución del riesgo de padecer apoplejía, colitis, hipertensión arterial y cáncer. Un buen número de investigaciones demostraron ese hecho, como asimismo que la mortalidad global es menor.
Otros estudios demostraron que la vida religiosa de una persona creyente -con su capacidad de tener fe y esperanza- constituye una fuerza curativa. El Papa Beato Juan Pablo II nos hablaba de "una renovada confianza en la fuerza curativa de la caridad” (mensaje en la Jornada Mundial del enfermo, el 08/12/98); en tanto que SS Pablo VI nos decía que "hay ayuda terapéutica que el sufrimiento físico puede recibir mediante el aliento psicológico-espiritual” (al III Congreso Mundial del International College Psychosomatic Medicin, el 18/09/75).
Una serie de estudios nos han recordado la potencial capacidad curativa del amor y de una fe auténtica. Va cobrando fuerza una nueva concepción médica que, además de la dimensión corporal y mental, considera el dinamismo de la dimensión espiritual. La medicina no puede separar lo espiritual, lo síquico y lo orgánico.
El ser humano es un todo indivisible.
"La actividad sanitaria no puede perder jamás de vista la unidad profunda del ser humano, en la evidente interacción de todas sus funciones corporales, como también en la unidad de sus dimensiones corporal, afectiva, intelectual y espiritual” (Beato Juan Pablo II, a la 35ta. Asamblea General de la Asociación Médica Mundial, el 29/10/83).
