Francisco dejó Cuba tras una visita marcada por gestos y enseñanzas extraordinarias. Este papa revolucionario llegó desarmado a la isla, con sus manos vacías y el corazón abierto, como auténtico hombre de paz. La cortesía, hermana de la caridad y de la humildad, es uno de los fundamentos del diálogo para la paz. De eso está convencido Francisco, como hizo el Pobre de Asís en 1219, cuando visitó al sultán en Egipto. Éste comprendió que debía escuchar la palabra profética de aquel hombre indiferente al poder.
Luego de la Misa del domingo en la histórica Plaza de la Revolución, el Pontífice visitó a Fidel Castro en un encuentro que duró 56 minutos. Entre estos dos hombres hubo un apretón de manos, como si desde las suyas Francisco dejara pasar una "revolución" de paz y misericordia a ese anciano dictador que gestó otra con un matiz contradictorio, como todas las ideologías violentas del siglo XX. Bergoglio es el papa jesuita que visitó a un alumno educado por jesuitas. En 2012, al final del encuentro con Benedicto XVI, Fidel le pidió al Pontífice que le aconsejara algunos libros para leer.
Francisco se acordó de este detalle y le llevó dos volúmenes del padre Alessandro Pronzato, sacerdote italiano experto en catequesis: el primero está dedicado al buen humor y a la alegría, titulado "Nuestra boca se abrió a la sonrisa. Humorismo y fe". El segundo se llama "Evangelios incómodos".
Cuando era arzobispo de Buenos Aires, Bergoglio refería en sus homilías pensamientos extraídos de los libros de Pronzato. A este sacerdote italiano le gusta repetir una frase que dice: "La Iglesia es fiel, no cuando permanece como un centro administrativo o burocrático, pendiente de la ortodoxia, la disciplina, las finanzas o la imposición de las cenizas, sino cuando se deja quemar el corazón y las manos por los carbones ardientes que son las heridas de los más débiles". Además, el Papa le regaló otro libro y dos discos compactos con las homilías del padre Armando Llorente, el sacerdote jesuita que Castro tuvo como maestro.
A Fidel lo llamaban en el colegio, "bola de churre", que significa "no adicto al aseo", porque nunca tenía tiempo para estar bien limpio. A Raúl, en cambio, le decían "la pulguita", no tanto por las dimensiones del cuerpo, sino porque siempre estaba apegado a su hermano. Pero lo que sorprende es que estas historias ya nadie las oculta en Santiago de Cuba, la "ciudad rebelde siempre" en donde comenzó todo y en la que todo podría llegar a su fin, en un círculo que gira alrededor del Colegio de Nuestra Señora de los Dolores, el colegio jesuita en donde crecieron los hermanos Castro.
Ángel, el padre, era un terrateniente rico pero un poco rudo, y, para que sus hijos pudieran entrar a la alta sociedad de Santiago, eligió la escuela más prestigiosa, la que había formado a la élite cubana. Los jesuitas la fundaron en 1913 y sus alumnos se llamaban "dolorinos". Fidel entró en 1938; él y sus hermanos Ramón, el mayor, y Raúl, el menor, eran de los alumnos más privilegiados que vivían en el colegio. Fidel, según la reconstrucción de Patrick Symmes en el libro "The Boys From Dolores" ("Los chicos de Dolores"), no era el primero de la clase, aunque era voraz: estudiaba, leía, organizaba, arbitraba y comentaba los partidos de baseball, siempre llevaba la bandera del colegio en las excursiones, por la cercana Sierra Maestra, en donde habría establecido su guerrilla años más tarde.
Después del asalto al cuartel Moncada, a 850 metros del Colegio de Dolores, en donde el 26 de julio de 1953 Fidel llevó a cabo su primer intento revolucionario, fue gracias a la intercesión del rector de su ex escuela que los militares de Fulgencio Batista se comprometieron a capturarlo vivo y a procesarlo. Fidel dijo: "Condénenme, no importa, la historia me absolverá". En noviembre de 1958, cuando volvió a la Sierra Maestra para organizar la guerrilla, un maestro del colegio, el padre Guzmán, fue a buscarlo, aunque los padres de los alumnos se quejaran porque no querían un profesor comunista.
Una mañana de febrero de 1961, la campana del Colegio de Dolores sonó como nunca lo había hecho. Cuando los estudiantes se reunieron en el patio, el Padre Prefecto pronunció un discurso de cinco palabras: "¡Váyanse todos a casa, ahora!". Poco tiempo después llegaron los guardias, cerraron el edificio y pusieron candados en sus puertas. El 17 de septiembre del mismo año, con el pretexto de una balacera que se verificó durante la procesión de la Virgen de la Caridad de El Cobre, todos los jesuitas no cubanos fueron embarcados en la nave Covadonga y expulsados del país.
"Esto, escribió Symmes, era parte de ser jesuitas. Pero la historia ha enseñado que un día habrían vuelto a Cuba". Ahora, en el magnífico edificio gris del Colegio de tres pisos, con arcos y bóvedas, de estilo colonial, hay una escuela que prepara a los estudiantes para que se presenten a los exámenes de la universidad. En lugar de dedicarla a un héroe de la revolución, la dedicaron a Rafael Mendive, filántropo del siglo XIX, amigo del padre Félix Varela y profesor del padre de la independencia cubana José Martí. La inauguró, después de la restauración del complejo, Ramón Castro.
La Iglesia católica en Cuba, perseguida durante medio siglo de hostilidad, limitada a tan sólo 300 sacerdotes en toda la isla para doce millones de católicos, hoy es la única institución que representa una alternativa y un refugio capaz de dar lugar a los excluidos, a través de la asistencia y la educación. Las escuelas católicas han vuelto a funcionar en Cuba, pero son toleradas, no reconocidas. Un estudiante que acaba la escuela confesional es aceptado por las universidades del resto de América, pero no por las cubanas. El Pontífice pedirá que cambie esta situación, y que el papel de los católicos en la formación y la instrucción sea reconocido oficialmente.
Tenía razón Symmes: "regresan los jesuitas". Hoy, con el Papa. Y tal vez el escritor inglés Graham Greene en su obra "Nuestro hombre en La Habana" tuviera también razón al creer en el milagro del hombre condenado que vuelve a poner a Dios en la boca de los hombres. Tal vez sean justamente los "dolorinos" Fidel y Raúl los que vuelvan a abrir las escuelas en las que aprendieron qué es un hombre. Mientras tanto, Francisco no se cansa de sembrar reconciliación y misericordia, girando la rueda de la historia, haciendo temblar a los grandes y engendrando esperanza en los más frágiles.

