Durante una visita escuché más de media docena de propuestas radicalmente diferentes entre sí sobre quienes deberían ser los nuevos socios comerciales de Gran Bretaña tras su voto del 23 de junio por el Brexit, la decisión de abandonar la Unión Europea (UE).

Como en el juego de las sillas musicales, los británicos están buscando desesperadamente una silla vacía para negociar acuerdos de libre comercio con otras partes del mundo antes que la música se detenga (y Donald Trump u otros populistas y aislacionistas cierren la puerta a nuevos acuerdos).

El 11 de julio, el ministro de Finanzas británico, George Osborne, quien renunció tras el nombramiento de la nueva primera ministra Theresa May, propuso que Gran Bretaña se una al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Mientras tanto, varios columnista británicos planteaban la idea de que el país se integre al Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica, el acuerdo firmado por el presidente Barack Obama con otros 11 países de la Cuenca del Pacífico de Asia y América latina, que incluyen a Japón, Canadá, México y Chile. Otros expertos están pidiendo que, tras su salida de la UE, Gran Bretaña trate de convertirse en un miembros independiente de la Alianza Transpacífica de Comercio e Inversión, que el gobierno de Obama está negociando con la UE. Y otros grupo de expertos están proponiendo acuerdos comerciales bilaterales con Japón, India, o países de Africa.

Mi opinión: Gran Bretaña está a la deriva, desorientada y fantaseando con una inserción fácil en otros bloques comerciales. Sin embargo, en momentos que Estados Unidos y otros países están haciendo frente a una ola aislacionista y contraria al libre comercio, será muy difícil que este país logre integrarse a un bloque importante a corto plazo.
Muchos de los que votaron a favor del Brexit ahora lamentan su decisión. Se compraron la demagogia populista de que rechazar a los inmigrantes y levantar un muro comercial con el resto de Europa devolvería a Gran Bretaña su grandeza pasada un mensaje parecido al de Donald Trump en Estados Unidos y ahora están desconcertados ante las consecuencias.

Desde la votación sobre el Brexit, la libra esterlina ha bajado a su menor valor frente al dólar en 30 años, importantes planes empresariales han sido suspendidos indefinidamente, las universidades británicas enfrentan grandes recortes de fondos de la UE y los delitos de odio se han elevado a un nivel sin precedente como consecuencia de la retórica antiinmigrante de la campaña por el Brexit.

Ahora, la primera ministra May tendrá que negociar los términos del divorcio de su país con la UE. Lo mejor que podría hacer una vez concluidas las negociaciones sería convocar a un segundo referendo que ofrezca a los británicos varias opciones de salida, entre ellas una que permitiría al país mantener la mayor parte de sus lazos con la UE con algunos cambios cosméticos.

Si May no lo hace, e implementa una separación total de la UE, Gran Bretaña tomará el camino de todos los países que han sucumbido a los cantos de sirena de los demagogos aislacionistas: su economía caerá aún más, el pueblo británico será cada vez más pobre, y estará cada vez más dividido. La actual desorientación de Gran Bretaña podría ser el comienzo de cosas aún peores en el futuro.