De rostro risueño y bondadoso, rasgos aindiados, siempre ataviado con su manta de motivos andinos y su infaltable violín, esta es la estampa que recordaremos don Sixto Doroteo Palavecino, auténtico ícono de nuestra cultura vernácula. Nacido en marzo de 1915 su extensa y prolífica obra indagó en los rincones más apartados del alma de nuestro folclore, legándolos con autenticidad sus rasgos más sobresalientes, junto también con el saber o la fisonomía del hombre común o de la cultura popular del noroeste argentino. El gran maestro santiagueño nació en la pintoresca localidad de Barrancas, perteneciente al renombrado departamento de Salavina, lugar donde se nutrió y sustentó constantemente su obra. Se que cuenta que siendo niño sus primeras faenas estuvieron relacionadas con el campo.
A muy tierna edad aprendió el quechua, lo cual hizo de él un preclaro bilingüe, ya que manejaba a la perfección dos lenguas, con idéntica soltura y aptitud. Saber quechua le permitió introducirse y conocer como nadie las peculiaridades de sus pagos, llegando a ser el más afamado quechuista con que ha contado nuestro folclore. Aquella lengua heredada de los "hijos del sol" o "el esperanto de Sudamérica" fue la indeleble huella que identificó firmemente sus producciones. Junto a estas dotes lingüísticas emprendió su aprendizaje de violín, instrumento que lo iniciaría en la música. Con escasa edad sorprendió a sus familiares y amigos brindándoles los acordes de una hermosa chacarera santiagueña. El mismo decía que era "un violinisto-sachero", para diferenciarse -sin ninguna animosidad- de los músicos de escuela. Igualmente fue un diestro ejecutante del bandoneón, la guitarra y el bombo, instrumentos estos que le permitieron ampliar el horizonte de sus creaciones, difundiéndose por todos los rincones del país. En Buenos Aires comenzó a actuar con un conjunto conocido como "Sixto Palavecino y sus hijos" actuando en conocidos programas televisivos y radiales. Estas presentaciones le permitieron defender y preservar con firmeza la lengua y la cultura quechua y además dio a conocer sus grandes creaciones, como aquel inolvidable "Ampisunaas amorani" o "El canto del tero". Luego vendrían las valiosísimas traducciones que realizó al quechua de nuestra máxima canción patria y del "Martín Fierro", aparte de poemas y otras obras. Una de sus últimas actividades artísticas fue la puesta en escena de una obra musical llamada "De Ushuaia a la Quiaca", junto a León Gieco.
