En los tiempos actuales, el manejo de imagen de un político es tan importante para su carrera como su capacidad organizativa. De nada sirve ser un gran activista político, si la imagen pública que trasmite es mala, pobre o mediocre. Por ello, el perfil de un candidato a un cargo electivo tiene que ser estudiado, analizado y mejorado si quiere alcanzar el poder.
La imagen es percepción. Todos los candidatos pueden ser percibidos de forma buena, regular o mala; por eso los políticos debieran trabajar en mejorar la percepción que el pueblo tiene de su persona.
Una buena reputación se gana usando el sentido común para acercarse a la gente, para tratar de resolver sus problemas, para visualizar el futuro y satisfacer las expectativas sociales.
La imagen también es resultado. La imagen produce un juicio de valor en quien la concibe, la opinión del político se convertirá en su realidad. Puede ser una realidad ficticia, pero es lo que la gente ve o quiere ver. Si alguien quisiera ser candidato a gobernador de esta provincia, lo primero que debe parecer es gobernador.
Construir una imagen no es equivalente a falsear la realidad. En política, la percepción del electorado es lo más importante. Por tanto, el político debe valorar su imagen como el bien más preciado que tiene.
Una buena imagen se forma cuando se actúa con seguridad en sí mismo, cuando se transmite confianza y sentido de responsabilidad. Para convencer a otros, primero el candidato debe estar convencido. Se tiene que predicar con el ejemplo y actuar en consecuencia.
El candidato tiene que tener en cuenta que la gente decide mayoritariamente basada en sentimientos. Sus emociones juegan un papel importante en la toma de decisiones. Es decir que las decisiones están determinadas más por las emociones que por la razón.
La imagen del equipo de campaña del candidato también cuenta en la opinión de los electores. El político puede gozar de buena reputación, pero sus principales colaboradores pueden arruinar su campaña. Por ello, lo conveniente sería reclutar colaboradores honestos, confiables y que gocen de una aceptable reputación.
Muchos políticos han llegado al poder gracias a su buena imagen, pero una vez en el poder, sus acciones han terminado por arruinarlos. Así, pues, para ser un buen político, hay que ser consecuente con el actuar y trascender las campañas proselitistas.
