La decisión de lanzar la bomba atómica sobre Japón el 6 de agosto de 1945 se tomó después de varios meses de cavilaciones. Muchos científicos que habían trabajado en el proyecto firmaron peticiones solicitando que no se llevara a cabo. Liberaba una energía equivalente a 20.000 toneladas de TNT. Para muchos jefes militares la nueva bomba no planteaba más problemas de conciencia que una bomba de gran poder. Un científico sugirió hacer una demostración ante observadores extranjeros para incitar al gobierno japonés a que se rindiera. Pero, ¿Y si la bomba fallaba? ¿Si los japoneses se negaban a enviar representantes a la demostración? ¿Si trasladaban a los prisioneros de guerra a las regiones claves y desafiaban a los norteamericanos a llevar a cabo su amenaza? También se corría el riesgo de perder la ventaja de la sorpresa. Obviamente se planteaba una cuestión que iba a perturbar la conciencia de toda la humanidad. Después de la guerra el presidente de los EEUU, Harry Truman, aceptó la responsabilidad con estas palabras: "’Yo consideraba la bomba como un arma y jamás he dudado un segundo en que debiera emplearse”. El almirante William D. Leahy emitió este amargo juicio: "’El empleo de esta arma bárbara tanto en Hiroshima como en Nagasaki, no nos fue de ninguna utilidad. El enemigo ya estaba derrotado”. L. Stimson, secretario de Estado de Defensa de los EEUU (1940-1945) dijo: "’el rostro de la guerra es la muerte, y la muerte forma parte de cada una de las órdenes que da un jefe; la bomba ha causado víctimas mortales a más de 90.000 personas, pero entre todas las que se presentaban era la menos horrible. A puesto fin a la guerra, ha detenido los ataques aéreos incendiarios arrojando miles de bombas, ha suprimido el espantoso espectáculo de un choque entre grandes ejércitos”.
¿Quién tenía razón? Muy pocos serán los hombres que habiendo conocido como éstos la situación desde 1945 se crean autorizados a pronunciar un juicio definitivo. Si el aspecto moral de esta decisión sigue siendo discutible, no lo son sus efectos en el terreno estrictamente militar. El día fatídico había llegado: El 5 de agosto de 1945 durante la noche uno de los bombarderos B29 llamado "’Enola Gay” (Nombre de la madre del piloto que lo comandaba) fue preparado minuciosamente y alistado para partir. A las 5hs 52′ del día siguiente vuela a 2.500 metros de altura. 6 hs 05′ sobrevuela Iwo JIma y vira enfilando directamente hacia Japón. 7 hs 40′ alcanza los 9.150 metros de altura preestablecidos. En ese momento los relojes japoneses señalan una hora menos: 6hs 40′. En las ciudades niponas las actividades diarias comienzan con la rutina acostumbrada, pero en Hiroshima a las 7 hs 9′ las alarmas comienzan a sonar. En lo alto, muy pequeño, puede verse un B29. Luego, a las 7hs 25′ desaparecerá volando a gran altura. 7hs 31′ ha cesado la alarma. De los refugios volvió a emerger una masa de mujeres, niños y ancianos. La vida reanudaba su curso. 8hs 09′ es visible la ciudad de Hiroshima; 8hs11′ tras un giro de 90 grados desde el Norte hacia el Oeste, volando a 9.500 metros de altura, el avión se lanza en dirección al objetivo saliendo de entre las nubes. 8hs 14′ el mayor Tom Ferebes, uno de los integrantes de la tripulación, encuadra en el visor de su mira un puente sobre el río Ota. 8hs15′ 2” los controles automáticos señalan que faltan 15" para el lanzamiento del proyectil. 8hs 15′ 17” la bomba, llamada "’Litle boy” (Pequeño muchacho), con un peso de 4.435 kilos, 4,25 metros de largo y 1,50 metros de diámetro se desprende del bombardero. La explosión deberá verificarse 43” más tarde, plazo que transcurrió rápidamente. La bomba explotó 500 metros antes de tocar tierra de acuerdo a lo previsto; luego un huracán de fuego arrasará Hiroshima. La onda expansiva fue equivalente a un viento de 800 kilómetros por hora. Lo que pasó después todos lo sabemos.
En Japón mientras tanto, una niña se debatía entre la vida y la muerte. Se llamaba Sadako Sasaki. "’Si logro fabricar con mis manos 1.000 alas de papel blanco (Grullas) -decía a sus compañeras- no moriré”. Sin embargo su vida se extinguió antes que las 1.000 alas emprendieran su vuelo. Murió de Leucemia sin cumplir 15 años como consecuencia de la irradiación producida por la bomba. Hoy en Hiroshima un monumento levantado en el Parque Memorial de la Paz recuerda la historia de esta niña, y las niñas de las escuelas, en cada aniversario construyen frágiles alas de papel que son enviadas a los gobernantes de muchos países. Sadako Sasaki vive aun en cada una de estas alitas, y cada una de ellas es una esperanza; una esperanza que en un pequeño puntito del globo terrestre llamado San Juan, es también un recuerdo de tan triste y dramático acontecimiento.
(*) Escritor.
