Más allá de la convulsión que el nuevo milenio ofrece al mundo, la República Argentina vive momentos aciagos en medio de la intolerancia. Su elevada sociedad, construida en tiempos difíciles, regó su sendero hacedor con sangre de mártires y próceres, destacándose por la voracidad de luchas fratricidas que a veces rayaron extremadamente con lo incomprensible. La historia se fue apilando para dar formas a su cultura que hoy, en medio de tantas vicisitudes, ha sido puesta en crisis confundiendo, incluso, su propia identidad. Están faltando los elementos idóneos para definir al ser argentino, porque así ocurre en una sociedad cuando se afectan los principios y valores que le dan forma a su propia esencia.

Los embates más fuertes derivados del desatino histórico recayeron siempre sobre la familia por tratarse de la receptora más sensible en la organización humana. Esta no ha atinado a defenderse eficazmente en el tiempo que determina el tránsito de una generación. Los instrumentos que destruyen el tejido moral de una sociedad son generalmente pergeñados, pensados y causados. Es decir, no son casuales y tienen su sostén en el interés inconfesable y avieso de organizaciones financieras con gran poder político y con capacidad suficiente para adobar toda labor desarrollada por el hombre, torciendo incluso, la pluma y decisión de pensadores y políticos prestigiosos, que sucumben fácilmente en medio de una época distinguida por la fragilidad de principios en el seno de la propia familia.

La autoridad mantiene un sesgo adormilado con significativa ausencia en todos los actos y niveles donde el hombre desarrolla alguna actividad, prueba tangible de una sociedad que se cae porque ha perdido la potestad para ejercer, incluso, su propia defensa. Consecuentemente, carecerá de la fuerza para poner límites a esa invasión acostumbrada a lucrar con la desgracia ajena. En el marco de esta carencia fluye la permisividad de quienes, enquistados en la estructura del Estado, construyen concubinatos de turno que se enlazan a los altos niveles de conducción del mismo.

La moral de un pueblo -cimentada pacientemente en el tiempo-, no es presa de fácil manipuleo. Resulta, además, un equívoco insoslayable pensar de ese modo, porque ella -la moral-, es activo componente que modela sustancialmente la raigambre cultural, y aunque resulte paradójico, se nutre de esa estirpe para sostenerse en una reciprocidad necesaria. Sin embargo, cuando ese valor recibe el ataque artero y constante desde sectores que se tiñen de blanco fariseo, la sociedad toda acusa el golpe y, la fragilidad, flanco débil de la existencia, se destruye y sorprende con la enfermedad, el fracaso y hasta con la muerte misma en el sujeto productor de la historia: el hombre.

De esta forma, asistimos al quiebre de la sociedad que ha descendido a una jerarquía que le impide al hombre valorar y distinguir sus actos en el marco de las esencias. El hombre no puede transitar la vida cuando carece de los elementos idóneos activos que la naturaleza misma le da por ser quién es. En épocas de degradación de las sociedades acontecidas desde el génesis, la criatura reina de la creación no distingue esos elementos en él. Consecuentemente, no podrá hacer uso de los mismos porque en la praxis de la vida, concretamente, carecen de estímulos y parecieran ausentes, como si no estuviesen.

Cuando la sociedad sufre esa degradación, su hombre contemporáneo, incapaz de concebirse en su presente desde la propia integridad -precisamente por desconocerla y no porque no exista en él ya que le viene le viene impuesta desde lo alto-, crea su cultura en un ámbito desprendido de su lógica. Consecuentemente, no podrá sostenerse en esa zona donde no gravita su propia naturaleza, ya que el espacio proyectado desde la sociedad es el reflejo fiel de la transitoriedad que le enmascara porque inhibe la intimidad de su ser.

Nada excluye más al hombre en el camino del devenir que ignorar su naturaleza porque en ella se define no sólo lo que es sino también el porqué no es otra cosa. Concretamente, el hombre no dejará nunca de ser conforme lo define su constitución. Ocurre que cuando sus actos toman distancia de su naturaleza, se rompe el puente original que lo liga en género y especie, desvirtuándose el quehacer natural de su espacio que, fuera de su reino y linaje, termina contraviniendo brutalmente la ley de la Creación.

En un mundo globalizado Argentina no es la excepción, pero la autocrítica y la bondad empiezan por casa. En este análisis a cada país corresponderá lo suyo. Más nos vale a nosotros -los argentinos-, reconocernos como lo que somos cuando aún estamos a tiempo.