¿Desde dónde partimos para recuperar la jerarquía que debe tener la sociedad? Más allá de los tiempos, de las guerras, de las crisis, de problemas financieros, económicos o fenoménicos, y más allá de toda circunstancia adversa o favorable, externa o interna, la sociedad se distingue porque tiene una jerarquía que no debiera perder.
En realidad, en su justa apreciación, la sociedad, termómetro irrebatible del quehacer y desarrollo del hombre y de la mujer, no debe perder su jerarquía porque de ella se nutre la persona en la perspectiva de la vida, es decir, en la proyección hacia cada una de las actividades. El gran dilema, es que en la diversidad confusa del presente, el ser humano pierde la dimensión de sus carencias y aunque advierte lo bueno de lo malo y sufre por las consecuencias lastimeras de la hecatombe, no alcanza a descubrir el instrumento necesario ni la factibilidad de las formas para construir su destino como debiera y se deja arrastrar por un mundo que no tiene sosiego, que no otorga paz a la conciencia ni acierta a encaminarse por el sendero de la recuperación que indique desde donde se debe partir.
La sociedad, sostenida en principios y valores morales, no puede prescindir de ellos en su pretensión de ser. La acción enemiga de la anarquía, presiente la degradación en medio de ella, lo que le impide elevarse en su rango. Este signo fatalista de los tiempos de oprobio, ha atentado incluso, contra la creencias que en su endeblez, han colmado de flojedad y desánimo la voluntad y energía humana. En ese marco difícil de comprensión sobre la vida, la sociedad sufre la indolencia que le impide advertir desde dónde debe partir su recupero.
Los códigos con los que se ha manejado la humanidad durante toda su historia, plantean, a partir del origen de la existencia, la órbita de la jerarquía, espacio desde donde se originó la primer caída que afectó el cosmos. Luego, al bien y al mal se le ha definido desde las distintas culturas, y la palabra se convirtió en la herramienta más extraordinaria de la Creación como instrumento comunicacional de la relación humana. El hombre ha nacido con una jerarquía dada, instituida en él como amo y señor de lo creado y su deber es utilizar esa gradación para el buen ejercicio de la autoridad que no siempre ejerce bien. Como tiene constitución con lo ontológico, no puede desprenderse del ser en el equilibrio de esta relación y comprensión unívoca en él. De ahí que de nada le valga al hombre tener a su cargo el desarrollo del planeta si no se hace cargo de él, si la propia evolución comienza a superarle al punto que no puede dominarla ni puede encaminar su propia invención, quedando a la deriva la sociedad que deambula desprotegida porque ha sufrido la degradación de la ley, construida bajo parámetros de intereses sectoriales y de poder extrapolados de la realidad y necesidad humana. En ello va que la otra caída perversa que sufrió la criatura inteligente fue la confusión de la palabra, también degradada, mal utilizada en el ámbito desde donde se erige la norma, excluyendo el debate de fondo donde el diálogo sobre las creencias y la cultura de los pueblos, que juegan su rol trascendente como orientadores influyentes, que no pueden excluirse desde ninguna concepción progresista para construir la ley.
Las naciones están soportando el peor de los fatalismos que atenta contra la jerarquía y la palabra. Nada ha sido casual, el mal intrínseco pergeñado en las grandes decisiones de poder económico, que enquistado en organismos internacionales, gravitan negativamente en el tránsito hacia un universalismo que se vanaglorie en el recupero de la institución que rodee la naturaleza del hombre, la jerarquía y la palabra, punto de partida que los gobiernos no valoran ni contemplan, desde la obnubilada razón humana que sin transitar el fundamento de la vida y de las cosas, genera reglas mancilladas y sin rango, bajo teorías de conflicto que hieren a la sociedad humana en medio de una moderna torre de Babel.
"EL HOMBRE ha nacido con una jerarquía instituida en él como amo y señor de lo creado y su deber es utilizar esa gradación para el buen ejercicio de la autoridad que no siempre ejerce bien.”
