Las réplicas de armas, expuestas casi inocentemente en algunas vidrieras del comercio del rubro, o más bien en lugares donde se vende toda clase de objetos ornamentales, para el hogar y para el divertimento infantil, estas reproducciones tienen como intencionalidad primera, la de atraer como simple juguete con una apariencia que confundiría al más experto. Junto a revólveres que tienen un pequeño laser cuyo accionar deja sin visión durante 45 minutos, están a la vista las peligrosas espadas del Samurai, que pueden adornar una pared, o incitar a la máxima violencia.
En estos tiempos convulsionados que se viven hoy, exhibir ostentosamente este tipo de aparente juguetería no sólo es peligroso sino que en el ciudadano común surge el interrogante ¿qué haría un delincuente con este tipo de objetos?, que hasta para un niño común resulta una tentación para agredir a otro.
Estas reflexiones no surgen al azar. Recientemente un chico de 13 años amenazó a otros con un revólver como el descripto para despojarlos de su ropa deportiva, y en un centro nocturno otro adolescente produjo heridas con una réplica de espada. No debe prosperar este tipo de elementos que inciten a la violencia porque es responsabilidad de los padres mantenerlos alejados de ellos y asimismo de los comerciantes que los ofrecen para una venta fugaz que poco suma a sus ganancias.
Lo que pasa inadvertido para los ojos de muchos no lo es así para el que multiplica el mal provocando perjuicios materiales, psicológicos y sociales. Un presunto juguete no debe alterar la paz de la comunidad y los responsables de vigilar qué se vende y con qué fin, tienen que actuar con la prontitud que el caso requiere.
