El diplomático uruguayo Luis Almagro asumió formalmente la secretaría general de la Organización de Estados Americanos (OEA), en reemplazo del chileno José Miguel Insulza tras una década al frente de la entidad hemisférica. La tarea de quien fuera canciller del gobierno de José "Pepe" Mujica y electo el 18 de marzo pasado por amplia mayoría, ya que no tuvo adversarios, implica un gran desafío para intentar recuperar la credibilidad del ente continental.

Sin mencionar a un gobierno en particular, Almagro expresó en su asunción que la OEA debe tender una mano a aquellos países que atraviesan momentos de crispación y antagonismos, que a veces sobrepasan los niveles de civilidad a los que la democracia regional debe aspirar. Y observó que la desigualdad y la exclusión son una preocupación presente desde Canadá hasta la Patagonia, problema por el que todos los días miles de americanos emigran en busca de un mejor futuro, por lo que esos derechos deben ser asegurados.

La expectativa en la ceremonia del Consejo Permanente de la OEA fue en torno a Cuba, para lo cual el nuevo titular reservó un segmento especial de su mensaje para referirse el régimen de La Habana, país que después de medio siglo de ruptura ha iniciado un proceso de restablecimiento de relaciones diplomáticas con Estados Unidos.

Para los países de la región, este reencuentro debe dar lugar a una fórmula para ver cómo se procesará la reincorporación de Cuba a la OEA, de donde fue expulsada en 1962 en una asamblea realizada en Punta del Este, en la que los países miembros entendieron que el marxismo cubano era incompatible con los principios y propósitos del sistema interamericano. Almagro dijo que trabajará para que Cuba pueda reintegrarse plenamente a la OEA, obviamente tomando en cuenta la necesidad de respetar tiempos y procesos que no están bajo el control del organismo hemisférico.
Otro reto para Almagro será la defensa de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), que viene siendo blanco de ataques de gobiernos autoritarios que intentan quitarle autonomía para frenar su lucha por las libertades soberanas. Precisamente la izquierda regional buscó erosionar el accionar la OEA, aprovechando las debilidades de su conducción, apareciendo en escena otros nucleamientos como el ALBA, del chavismo revolucionario, o la Unasur con diferencias ideológicas y políticas incompatibles con el basamento de la OEA.