Una postal de Las Chacras, en Caucete, San Juan.

 

Corría el año 1975. Era diciembre, la previa de la Novena en honor a la Virgen de Andacollo. Desde la Ciudad de Caucete salían algunos vehículos rumbo al pueblo de Las Chacras, ubicado a unos 30 kilómetros desde Marayes, bien tierra adentro. Camionetas o camión de mediano porte eran los medios para transitar una huella tortuosa donde abundaban rocas filosas. Allí estaban los devotos que iban a participar de las actividades religiosas.

Claro que el grueso de promesantes se esperaba el día de Navidad, por la tarde y al día siguiente, por la mañana, ya que ese era el día de la Virgen. Allí estaba doña Elisea Marín, una chacarera que iba a compartir esos momentos de fe con su nieto Ramón, de unos 10 años de edad. Pero además, para visitar a los parientes. Por esos años, en este pueblito habían algunas familias, cada vez quedaban menos, porque quienes tenían niños o adolescentes, se iban a Caucete para buscar trabajo y estudios secundarios para sus hijos.

El lugar era un vergel. Un río de agua de vertiente de donde se podía beber sin problemas, las chilcas bordeando todo ese pequeño río que venía de algún lugar entre la serranía. Vegetación con mucho perfume, el rebuznar de algunos burros, el canto de las aves, algunos balidos de chivos y trabajos artesanales en cada casa como jergones, trenzados de cuero y todos lo necesario para montar a caballo, mula o burro. La huella desembocaba justo en un espacio de unos 100 metros cuadrados, donde de frente se podía encontrar la capilla de la Virgen.

En las cercanías estacionaban los vehículos que resistieron a la huella. La abuela con su nieto y otros pasajeros, salieron a eso de las 4 de la madrugada, en una Ford F100, conducida por un lugareño. La llegada fue a eso de las 7 de la mañana, con el sol arriba, el canto de los pájaros y ese olor a campo tan agradable, mezcla de yuyos, bien serrano y aire tan distinto al de la ciudad. la llegada al pueblo fue un alivio. Los esperaban sus parientes. Después caminaron por la quebrada hasta la que fue su casa de niña. Doña Elisea era la menor de 9 hermanos.

En ese rancho de adobes, palos y techo de cañas, la esperaba su hermano mayor, Nicolás. Un abrazo emocionado entre ellos, conmovió al niño. – "¡Cómo estás mi negra. Tanto tiempo, te extrañé mucho!” – "¡Bien, te mandé una carta donde te dije que iba a venir y vine, gracias a Dios!”.

La abuela le mostró a su nieto la huerta. Allí habían árboles de perales y sembradíos de verduras que Nicolás cuidaba con esmero. Además de una mula, un burro y unos cabras. Elisea se sentía feliz. La mujer, de contextura pequeña, le enseñaba a su nieto cómo se hacia un jergón, como saber el estado del tiempo con sólo mirar el cielo, como colocar la montura a la mula. Además de mostrarle y enseñarle cuáles eran los yuyos para el mate, la digestión y otros remedios naturales.

Era como estar en el aula de la vida del campo. Cada amanecer, a eso de las 6 de la mañana, Elisea tenía el fuego encendido, una parrilla hecha sólo con gruesos alambres, el mate listo y un pequeño asadito para el desayuno, bien a lo gaucho. Luego, los preparativos para la fiesta de la virgen y la procesión. Felicidad total para la abuela del campo, como muchas abuelas, que sonreía al disfrutar de su tierra, de su pueblo, de su gente, acompañada de su primer nieto.