Bien sabemos la gente de montaña que los derrumbes y avalanchas no se pueden parar y menos con palabras. Es lo que intentó el presidente Macri el miércoles por la mañana cuando la moneda estadounidense apuntaba a los $40. Hablando a primera hora, antes que abrieran los mercados, lo único que logró fue transmitir más pánico porque no mostró números ni realidades, se limitó sólo a dar un discurso optimista. Aun siendo posible que tuviera razón en lo que dijo, no fue una buena idea. Tampoco lo fue que hablara al día siguiente el jefe de Gabinete, ni por la falta de respeto al protocolo básico de que el Presidente es el último que habla ni por repetir una acción cuyo resultado ya se vio. Cosas básicas. Habría que anotarlo como uno de los grandes errores del gobierno en un área que no ha sido su fuerte, la comunicación. El economista Carlos Melconián dijo con la sencillez y brutalidad que lo caracterizan: "Esto se para con plata, no con confianza". La situación no está tan mal como la gente cree, incluso ha estado peor en la propia gestión de Cambiemos, pero cuando hay discordancia entre lo que pasa y lo que la gente cree que pasa, hay ciertamente un problema de comunicación. No se puede atribuir nada a la oposición que, golpeada por el asunto de los cuadernos y las coimas, no está en condiciones de sugerir algo por ser poco creíble. Tampoco tiene interlocutores claros libres de algún carpetazo como para salir a poner la cara. Además, su conocida sensibilidad política le indica ¿para qué atacar a quien se derrumba solo? El gobierno está siendo víctima de sus propios errores, como si nunca hubieran hecho política en su vida, y eso que venían desde la gobernación de CABA, la capital del país. Volviendo a las avalanchas, es sabido que aun construyendo defensas técnicamente buenas, a veces ocurren y son imparables e impredecibles. Cuando los seres humanos empezamos a correr en un sentido por algún rumor (la gente que salió esta semana no son especuladores profesionales ni economistas), no paramos hasta comprobar fehacientemente que el rumor era falso. Hoy, con las redes sociales, cuesta hacer creer a la gente tanto la veracidad de un hecho como la mentira. Primero se corre y después se piensa. Sale lo peor de nosotros, el miedo, la codicia, la irracionalidad. Necesito ser autorreferencial: me cansé de explicar a amigos/as el fraude del "telar de la abundancia" y siguieron ingresando hasta que los estafaron de la misma manera en que lo hizo su inventor en 1920. Así pues, lo raro del caso actual es que el gobierno haya jugado su carta de triunfo, la figura presidencial, en el medio de una avalancha. Uno se puede imaginar a Macri abriendo los brazos para detener un torrente de piedras y lodo de una montaña. Chau, no va más. Es imprescindible un cambio profundo del gabinete de ministros que refresque y otorgue algunos días de cheque en blanco para los nuevos hasta que se encuentre un nuevo equilibrio cuando las pasiones se atemperen y decaiga la ansiedad. Dujovne está algo más protegido, él fue el interlocutor con el Fondo. El ministro de Hacienda, coordinador de toda el área económica, viaja de urgencia a Washington para renegociar pautas con el FMI y ha prometido anunciar medidas la semana que viene. A esta película ya la vimos. Por otra parte, hablando en lenguaje estrictamente técnico, hay una forma de calcular el tipo de cambio real comparando los precios de una canasta de consumo de países con los cuales mantenemos firmes relaciones comerciales. Les asombraría saber que todavía, aun con los valores actuales iguales o superiores a $40 por dólar, estamos por debajo de la relación que daba por 2007-2008. No los quiero asustar mencionando el número. Más aún si consideráramos la convertibilidad relacionando la masa circulante de pesos (M1, como se llama a billetes, monedas y depósitos corrientes) versus los dólares de reserva del Banco Central. No estamos tan mal y hemos estado mucho peor. El problema actual es que no tenemos mercado voluntario de crédito, es decir, nadie quiere ser nuestro acreedor salvo algunos prestamistas institucionales, el FMI, un swap con China y no mucho más. No es que debamos mucho, el stock de deuda anda cerca del 60% del PBI, menos que el promedio mundial, pero tenemos mala fama de pagadores. "Perro que lo han cascoteao al amago se hace el rengo" dice Larralde. Aquellos que cascoteamos truchando números para pagar menos interés como hacía Guillermo Moreno, ahora están rengueando. Aquellos que se propuso castigar con "impuesto a la renta financiera", también están rengueando. En estos momentos hay más de 26 mil millones de dólares depositados por argentinos en nuestros bancos, es decir, hay confianza en el sistema financiero porque se ha dado señales de que Tesorería no tocará esos fondos particulares. En lo que no hay confianza es en el valor de los pesos. Otro fenómeno que comenzó es que reapareció la conducta propia de las hiperinflaciones, se pierden parámetros de medida razonables en los precios. Un lector me mostró fotos de lista de precios de dos negocios con un mismo artículo al doble en uno, a la mitad en otro. Y la gente lo compra. Al cambiar muy a menudo, desaparece el sentido de las proporciones, se va perdiendo el recuerdo del precio "normal" y se paga cualquier cosa con tal de cambiar los billetes por bienes tangibles. En las últimas horas algunos negocios, aquellos que tienen artículos cotizados en dólares, llegaron a cerrar las puertas para no vender, tengo testimonio de una farmacia. Esto sí que es grave y la explicación palpable de lo que ya hemos vivido en el país varias veces: recesión con inflación. Recesión porque el consumidor no tiene dinero para comprar e inflación porque el comerciante se resiste a vender y sube el precio para cubrirse porque duda en poder restituir lo vendido. Peor es el caso de quien ya vendió y recibió cheques que le vienen rechazados porque el deudor aun teniendo plata prefiere cortar la cadena de pagos hasta ver qué pasa. No estamos al borde del abismo, pero llegaremos si seguimos corriendo en el mismo sentido. Todos sabemos que en las avalanchas nadie gana, todos quedamos, cuando menos, heridos.