La igualdad social participativa crece en la mayoría de las naciones desarrolladas y emergentes, con políticas activas de inclusión para eliminar definitivamente la brecha de género, pero será una utopía hasta la finalización del milenio si no se adoptan medidas más profundas para llegar a la paridad.

Las cuestiones culturales, étnicas, religiosas y políticas, frustran protagonismo a la mujer. El último informe del Fondo Económico Mundial sobre las disparidades permite conocer metas prometedoras en 105 de los 142 países analizados y, como en otros relevamientos sociales, los países nórdicos encabezan las posiciones pero ninguno pudo cerrar la brecha todavía.

Islandia es el país más igualitario del mundo y lo siguen Finlandia, Noruega, Suecia y Dinamarca en los mejores lugares. En el otro extremo, está Yemen con una desigualdad tal que no existe protagonismo femenino. En nuestro continente, ningún país ha ampliado su brecha de género, lo que es muy positivo, y Nicaragua afianzó su posición como líder de la paridad en América latina y el Caribe gracias a su sólido desempeño en las brechas de la salud, educación y la política. Además es uno de los 10 países de la región que aparecen entre las 50 primeras posiciones de este año y se señalan los avances de la Argentina, que pasó de la posición 34 a la 31; Perú, que subió del 80 al 45, y Chile, que avanzó 25 posiciones hasta ubicarse 66.

La sorpresa negativa la exhibe Brasil con una caída de nueve posiciones hasta el puesto 71, a pesar de haber alcanzado exitosamente sus brechas de género relativas en áreas como la educación, la salud y de supervivencia. Peor está México que ocupa el puesto 80 como resultado de la reducción de la representación de mujeres en la política, aunque esto lo

contrarresta con las mejoras en las brechas de participación femenina en la fuerza laboral e ingresos personales.

Lo importante es que más mujeres que hombres han ingresado en la dinámica laboral en 49 países, en tanto en la política se registra un 26% más de mujeres parlamentarias y un 50% más de ministras en todo el mundo que hace nueve años. Son los

cambios profundos observados tanto en las economías como las culturas nacionales, pero todavía hay mucho por hacer para ajustar la balanza.