En los regímenes democráticos el voto es el medio por el cual los ciudadanos expresan estar de acuerdo o no con las acciones realizadas o sugeridas por quienes se postulan a las funciones políticas. Los cargos públicos, afirma Aristóteles, son honores y por tanto hay que honrarlos mediante una conducta digna y fundamentalmente mediante el adecuado conocimiento que guíe la acción, fin último del quehacer político.
Consideramos corrupto a quien es descubierto mediante una prueba documental que recibe una coima. He aquí un caso de corrupción. Pero también es corrupto aquel que ocupa un cargo público sin la menor intención de perfeccionarse en su arte o en gobernar y administrar con justicia y sin mayor ambición que el dinero, el poder o el prestigio, aunque más no sea siendo tan honesto que no haga ningún mal pero tampoco ningún bien. Pues destruye la confianza que depositaron en él quienes lo eligieron al votarlo. Si no decimos después que Fulano de Tal no hizo nada.
La corrupción llega a convertirse en un hábito social casi involuntario, en un devenir en el que todos estamos implicados sin poder detenerlo, en el resultado de una voluntad social débil y enferma, ciega a la virtud y fundamentalmente cobarde. Porque para ser incorruptible no sólo hay que ser honesto sino que además hay que ser muy valiente.
Nuestra comunidad todavía no logra encontrar su particular modo de ser. Estamos en proceso de integración, inacabados, abiertos a las sugestiones favorables y a las contrarias al desarrollo. El aporte étnico, múltiple y heterogéneo ha producido una cohesión social más aparente que real y no podemos aún atender a la sentencia que Alberdi pronunciara en su ‘Fragmento preliminar al estudio del derecho”: ‘Es ya tiempo de comenzar la conquista de una conciencia nacional’.
No logramos siquiera el afianzamiento de una democracia auténtica pues en nuestra sociedad es el gobierno el que manda y la sociedad obedece cuando debería ser el funcionario electo quien, como servidor público, honre al ciudadano que es el verdadero dueño de las instituciones del Estado.
Tenemos una democracia cuestionable desde hacen más de diez años. Quien se ocupa de política entonces debe tener conciencia de las paradojas éticas que se producen cuando el logro de fines aparentemente buenos va acompañado del uso de medios sospechosos o cuando menos peligrosos con consecuencias perniciosas. Se debe saber para distinguir y luego decidir; esto, si se quiere hacer buen uso de la libertad en beneficio de todos.
