La erradicación de asentamientos y villas de emergencia para dar a sus pobladores una vivienda digna, es una de las políticas de integración social más trascendentes, al cumplir con la garantía inalienable del Estado de asegurar mejores condiciones de vida a los sectores más postergados.
Sin embargo la felicidad de los beneficiados, al haber logrado la casa propia, no siempre va acompañada de la buena convivencia, ya sea entre los ocupantes del nuevo barrio, o con los viejos vecinos de la zona, donde debe empezar una relación que puede ser conflictiva por incompatibilidades culturales y rutinarias. Esto, sin contar con las denuncias de proliferación del delito que produce el rechazo de la gente honesta si hay marginales entre los erradicados.
Pero más allá de los casos de intolerancia que pudieran existir en San Juan, una de las provincias que prácticamente eliminó los emplazamientos habitacionales precarios, se cuentan los casos en el país donde los traslados fueron traumáticos y las familias dicen vivir peor que antes de ser mudadas a las nuevas viviendas. Por ejemplo la inadaptabilidad de unas 60 familias que dejaron sus casillas a orillas del Riachuelo para ocupar el complejo Padre Mujica, en Villa Lugano, Buenos Aires.
Es que salir de un descampado para ir a una propiedad horizontal es un cambio radical, y más todavía para los cartoneros que se ganan la vida recogiendo material reciclable en carros tirados por caballos y acopian los deshechos junto a la vivienda. En la erradicación les prometieron que junto a los departamentos tendrían caballerizas y un centro de depósito del material recolectado entre otros espacios comunes, pero nada se cumplió y ahora la convivencia con otros erradicados se torna crítica por la angustia de unos y el malestar de otros.
Evidentemente se trata de una falla estructural de las erradicaciones, ya que no se tuvieron en cuenta los elementales principios de de convivencia para acompañar a esos vecinos en un profundo cambio cultural, porque durante generaciones no conocieron otra forma de subsistencia. Solo vivieron y se criaron en la calle o en casillas precarias, y no encuentran la forma de poder convivir en departamentos y continuar con su rutina de recolección y acumulación de desechos aprovechables, sin causar molestias al medio y a los que los rodean.
