La permanente evolución de la agricultura en el mundo, en la búsqueda de optimizar las cosechas con mayores rendimientos y mejores productos para atender las necesidades de una población creciente en número y también en demanda de calidad, ha obligado a un constante desarrollo mediante la aplicación de alta tecnología en todas las regiones agrícolas del mundo, y más en la Argentina que mantiene un probado liderazgo.

Los sistemas mecanizados de plantación, riego y cosecha, junto a las innovaciones genéticas con semillas y plantas más resistentes a las plagas y las sequías, por ejemplo, vienen dando resultados óptimos en nuestro país. El agro argentino se transforma según los requerimientos de los mercados mundiales y a la vez busca mayor rentabilidad aumentando la oferta que se traduce en uno de los principales ingresos de divisas genuinas.

Pero esta ecuación no cierra cuando el agro descuida el principal recurso, el suelo, y no realiza las necesarias rotaciones de los cultivos para evitar la pérdida de nutrientes de los suelos, que cada vez se amplía más si se tiene en cuenta que en los últimos años 12,5 millones de hectáreas pasaron de la ganadería a la agricultura por imperio de la política económica y las oportunidades comerciales.

Según el presidente del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), Francisco Anglesio, nuestro agro incorpora sólo 37% de los nutrientes que se le extrae al suelo y así se pierden anualmente 250.000 hectáreas fértiles. Por eso es importante cuidar la tierra para prevenir la decrepitud, aprovechando las ventajas comparativas que tenemos frente a las naciones competidoras, por ejemplo Brasil, donde se necesitan 400 dólares por hectárea para fertilizar, contra los U$S 40 en la Argentina. Sin mantener la sustentabilidad del recurso y exprimiéndolo como se lo viene haciendo, se terminará agotando un medio fundamental.

A favor de un cambio de estrategia, frente a la tendencia de la sobreexplotación del terreno, hoy se dispone de tecnología, apoyatura profesional como la ofrecida por el INTA, y líneas de financiamiento apropiadas para todos los sectores, incluidas las producciones de las economías regionales, caso de San Juan y la de los 230.000 productores de la agricultura familiar que representan el 20% del valor bruto agropecuario el país.